martes, 20 de septiembre de 2016

Negra flamenca

La música de Pixies era un torbellino que parecía salido de un agujero negro de la cultura popular o de la mente del protagonista de Cabeza borradora (Eraserhead). De las pesadillas sufridas por Henry Spencer tras contemplar casi sin pestañear El perro andaluz y varios episodios de Dark Shadows Los Monsters mientras se atiborraba de comida basura. Lo más sencillo por tanto, hubiera sido concebir sus portadas de manera bizarra. La imagen de un cerebro dañado, una fotografía borrosa, movida de una barrio de Boston o un dibujo extraído de alguno los popes del cómic contracultural hubieran bastado para cumplir el expediente. Terminar de apretar el lazo de la caja donde se encontraba lo realmente importante tanto para los cuatro elfos norteamericanos (Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering) como para su exigente productor (Steve Albini): la música. Y probablemente esto es lo que hubiera sucedido de no ser porque el grupo de Boston tuvo la fortuna de haber sido fichado por 4AD. El sello del inquieto, misterioso Ivo Watts-Russell. La compañía arty por excelencia. Una empresa que era más un colectivo artístico que una compañía de discos al uso. Se encontraba al extremo más radical de la vanguardia creativa, y contaba en sus filas con diseñadores gráficos de la talla de Vaughan Oliver. 
Cuenta la leyenda que cuando se le encargó la portada de Come on pilgrim, debido a la crudeza y la demoledora rabia que emergía del primer artefacto grabado por los monstruos norteamericanos, Vaughan no las tenía todas consigo. Pues no sabía cómo encajar la aridez, sordidez destructiva de esa música con el refulgente, minimalista, soñador y austero tono de las portadas que identificaban como sello a 4AD.  No obstante, una mañana en que acudió al London's Royal College of Art, le bastó contemplar una serie de fotografías inspiradas libremente en Las tentaciones de San Antonio de Gustave Flaubert, pertenecientes un astista escocés recién licenciado, Simon Larbalestier,  para saber que al fin había encontrado lo que buscaba. El resto efectivamente es historia porque desde aquel día, las opacas, abstractas e hirientes fotografías de Larbalestier (convenientemente alteradas por Vaughan para adaptarlas a las peculiaridades del diseño discográfico), se convirtieron en el emblema de la banda, hasta el punto de que, con el tiempo se consideró al fotógrafo escocés como el quinto miembro del grupo. Algo lógico porque con sus textos visuales consiguió forjar una serie de obscuros símbolos que permitían definir el "concepto" Pixies sin simplificar su mensaje. Amplificándolo y expandiéndolo al compás de las corrientes circulares que emergían de los guitarrazos de Black Francis y Joey Santiago. 
Larbalestier por ejemplo captó en imágenes lo marciano y extremo de su música consiguiendo hacerla más sugerente y sugestiva. Transformarla en un platillo volante rockero. Retratando además conceptualmente, por medio de primeros planos de objetos y animales, los intestinos grasientos de la banda. La ferocidad de su propuesta que en combinación con sus fotografías, se tornaba enigmática y coherente consigo misma. Misteriosa y visceral. Un bistec de carne en medio de una instalación industrial. Artística y grasienta a la vez. Una bomba de neutrones dispuesta a hacer estallar el mundo a base de berridos y guitarras cabreadas. En esencia, puro granito. El músculo de un superhéroe en plena tensión siendo contemplado a través de una radiografía. El barrio y la calle convertidos en un decorado de película de David Lynch. Consiguiendo finalmente Larbalestier que no sólo la música sino también el diseño y las portadas de aquellos míticos discos que las huestes de Black Francis grabaron entre los 80 y los 90 parecieran salidas de la mente del protagonista de Cabeza Borradora. Y asimismo se pudiera pensar que todas aquellas fotografías de un blanco y negro enfermo, esquizoide pero también vibrante y elegante pudieran haber sido obsesivamente realizadas por Henry Spencer durante los ratos libres que le dejaba su trabajo en la imprenta. O en esos espacios vacíos en que se salía del foco de la cámara del director norteamericano.
En cualquier caso, de todas las acuarelas realizadas por Larbalestier para Pixies, sin dudas, la que más revuelo ha causado a lo largo del tiempo ha sido la de Surfer Rosa (luego retocada o más bien enmarcada por Vaughan dentro de la cubierta del disco). Y desde luego no hay de qué sorprenderse al respecto. La foto de la modelo es realmente espectacular. Una estampa surreal que, a pesar de su modernidad, la guitarra desapareciendo, el póster de una película clásica roto al fondo, se encuentra extrañamente fijada en el tiempo. Remite a las primeras décadas del pasado siglo de no ser por los senos desnudos y la pose entre engreída, ridícula y marcial de una enigmática mujer cuyos rasgos (aun siendo anglosajona) rememoran los de Ava Gadner, o los de raciales mujeres latinas como María Félix o Lola Flores. Pero finalmente, se asemejan a los de las modelos retratadas por Picasso y  a los de las actrices fetiche de Pedro Almodovar. Tal vez por esa mezcla difusa, creíble y perfectamente conseguida en el retrato entre la suntuosa cortina y el crucifijo clavado a la sucia pared. Además de, claro, el extraordinario detalle punzante del pescado que esta mujer que bien podría ser la bailarina principal de un conjunto de flamenco, la actriz que interpeta el papel de Carmen en la ópera de Bizet, una gitana que lee la mano y las cartas españolas con diabólica soltura o la amante fatal de algún político o artista, sostiene con su mano derecha sin un sentido evidente más que el estético. El capricho. O el regodeo en la belleza de un acto superfluo que, gracias a su extrañeza, subyuga y cautiva. Respondiendo acaso exactamente a la delirante manera a través de la que los anglosajones observaban (y probablemente observan aún) la cultura hispana. 

En cualquier caso, y a pesar de todo lo dicho, la fotografía de Larbalestier no es kitsch. Lo roza pero no concluye su recorrido en medio de la caja de sastre del pastiche. Al contrario, resquebraja las paredes del tópico y el cliché, como si de un gusano se tratara, a través de la radicalidad con la que se impone. Tanto que la instantánea pareciera haberse inventado, haber hecho aparecer por sí misma, a transgresoras artistas posteriores como Pj Harvey cuyo look no es tan distante de la modelo. Imponiendo, sacando a la luz un nuevo tipo de mujer: Elegante y distópica. Surreal y expresionista. Decadente, salvaje y elegante. Asesina y oscura a la vez.
En el libro de Josh Fran y Caryn Ganz, Fool the world: The oral history of a band called Pixies, se nos indica que Black Francis, (quien solía divertirse al escuchar en los bares de Boston el español de los latinoamericanos) pidió a Larbalentier una estampa para la portada relacionada con la cultura latina. Ya en Come on Pilgrim había dos canciones con sus correspondientes títulos en castellano y comenzaba a ser una costumbre entre los fans de la banda citar el momento exacto en que se escuchaban dos o tres palabrejas de la lengua de Cervantes entonadas con diabólico acento durante los discos o conciertos. A pesar de sus constantes intentos, Larbalentier no pudo encontrar un lugar real que se ajustara a lo que había delineado en su mente y tuvo que diseñarlo. Algo que, como es ostensible, hizo perfectamente. Pues el extraño cuarto por donde se desplaza la silueta de esa mujer semejante a un cisne negro parece un bar español clausurado por el que resuenan de tanto en tanto fantasmagóricas cantinelas mexicanas o la antesala del sótano de un antiguo teatro norteamericano donde, en días festivos, se juntaran viejas glorias latinas a rememorar entre tragos de tequila el tiempo de antaño. Lo bien que lo pasaban contemplando corridas de toros o bañándose con el sol entre los aceituneros y naranjos. 
Curiosamente, y a pesar de que su refulgente presencia inunda la fotografía al completo, Larbalentier tampoco tenía anotado previamente a su realización, el nombre de esta mujer en su agenda sino que, por algún reflujo azaroso, la exuberante modelo se presentó ante él en el momento exacto, asegurando ser la amiga de una amiga de una amiga. O algo parecido. Pero tanto él como Pixies se encontraban por aquellos años en estado de gracia y consiguió, sin excesivos problemas, concluir una obra de arte magnífica con la que comenzó a cerrar definitivamente el círculo estético de la banda norteamericana. Porque la portada de Surfer Rosa era puro Buñuel. Lo que había pacientemente conseguido El perro andaluz en el insconsciente anglosajón tras ser proyectado insistentemente en Institutos, Universidades y Escuelas de cine durante décadas. El espíritu de Extremadura, la Semana Santa y los teatros de corral madrileños colonizando el capitalismo entre los berridos inmisericordes de jóvenes cuya papilla y biberón habían sido los movimientos de pelvis de Elvis Presley y los acelerados ritmos del punk rock. Adultos aún con alma de niño que, entre concierto y concierto y giras interminables, de tanto en tanto disfrutaban diciendo en voz alta mientras bebían unas cervezas, aquello de: "¿Cóoomoo estás aaamigooooo? A mí gustaar muchoo paelllaaa". Shalam

إِنَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم


Acaban por enfermar quienes desean tener siempre razón

lunes, 19 de septiembre de 2016

La loca esquina

On the corner, mi disco favorito de Miles Davis, comenzaba invocando el espíritu de los pantalones de campana. Con unos frenéticos guitarrazos y trompetazos que parecían lamentos de camisas y baqueros descoloridos al ser arrojados a la lavadora. Y terminaba ondulantemente, entre potentes sarpullidos de tambores y notas musicales que parecían nubes o anillos circulares acompañando a los participantes de un safari por los agrestes, misteriosos parajes de un país africano. Mientras tanto, entre medias, On the corner se revelaba como un trallazo de funk esquizofrénico. O de trance surreal. Un experimento que por momentos mezclaba palmadas flamencas de extraño aire pop, silbidos y crujidos de máquinas modernas y antiguas con el espíritu del soul y el free-jazz. Un psicótico baile que reflejaba en un espejo cóncavo, el barrio del futuro: un apocalíptico territorio repleto de drogas, música disco, televisión, rap, videojuegos y pobreza. Y a su vez, se anticipaba a su manera, a ciertos acompañamientos sonoros (mucho menos experimentales, eso sí) que se iban a llevar a cabo en los soundtracks de la Blaxploitation. Aunque por momentos también parecía música de guerrilla. Jazz combativo y anárquico, inconformista y ácrata que preludiaba futuros terremotos en la sociedad capitalista mientras recorría, como la garganta de Orfeo, pasadizos, grietas, colinas de los infiernos y, del otro lado de la realidad, unas cuantas parejas de negros bailaban despreocupadamente en las calles. On the corner era, sí, un disco callejero y místico. Un disco que lo mismo podía aderezar un ritual o danza zombie, que sonar en la cabeza de Tony Manero durante una pesadilla o una indigestión como ilustrar un documental sobre los Black Panthers. Pues al igual que prácticamente todo lo que emergió de la mente de Miles Davis, era un texto musical absolutamente libérrimo, proteico y volatil. Fuego musical arrasando la zona de confort del jazz. Decenas de panteras asaltando entre la niebla un inexpugnable castillo. O LSD repartido libremente en los cerebros de los asistentes a un concierto de James Brown. 
Miles Davis definió On the corner como un cruce entre Stockhausen, el funk y Ornette Coleman. Por supuesto, nadie mejor que el propio músico para definir este fractal sonoro que en ocasiones, creo escuchar cuando abro las páginas sucias de alguno de los cuentos de Julio Cortázar, al recorrer playas llenas de cascos de botellas rotos, desperdicios y pañuelos ensangrentados o al caminar cerca de inmuebles de aire crepuscular que antaño fueron discotecas. Aunque realmente entiendo que se quedó corto porque On the corner más que a experimental pasado, furioso presente, olía a vanguardista futuro. Y como únicamente ocurre con las más insólitas, desproporcionadas y fantasmagóricas creaciones es sobre todo, con discos que no habían aparecido en el momento de su publicación con los que hay que emparentarlo. Entre los que hay que intentar encontrarle ubicación. Pues es un colorido puente con ciertos tintes negros, oscuros que une las torrenciales cascadas sonoras de la Sun Ra Orkestra o Parliament con el instinto asesino contenido en XTRMNTR de Primal Scream. Parece un fragmento alargado del inclasificable My life in the bush of Ghosts de Brian Eno y David Byrne o un sampler utilizado constantemente por Public Enemy para, entre disparos de ametralladora y sirenas de policía, abrir sus conciertosY desde luego que ninguna de sus notas desentonaría a mitad del salvaje Y de The Pop Group, cualquiera de los espasmos rítmicos de Talking Heads o en el transcurso de una improvisación sonora realizada por músicos de Defunkt y Fishbone. O cayendo como una bomba en medio de un recital de Prince, consiguiendo que el genio de Minneapolis moviera los pies a velocidad de vértigo para conseguir simbiotizarse con los ritmos de un disco vacilón y macarra pero también destructivo y depresivo. Porque On the corner es Miles Davis echándole crack a un saxofón para que suene enfermo y rocoso, decrépito y furioso. Envolvente y desnudo. Consiguiendo de paso sacar de quicio y desorientar, poner nerviosos a músicos del cariz de Chick Corea, Herbie Hancock o Dave Liebman. A quienes presupongo, durante las sesiones de grabación, fatigados de realizar lunáticas jam-session, perdidos en caóticas improvisaciones, y exprimiéndose al máximo intentando acrecentar la paleta expresiva sonora, incapaces de comprender qué es lo que Miles junto con su ingeniero Teo Macero tramaba hacer con todas aquellas balas, gritos, salvajes heridas musicales aparentemente inconexas, en el estudio. Algo que con el tiempo se reveló como una genialidad. Pues On the corner es uno de los primeros discos donde se llevó al límite la técnica del click and cut. Cada uno de los temas se encuentra integrado y entremezclado con samplers, recorridos sonoros, que transforman este puñetazo de rabia afroamericana en un prodigio técnico. La sombra de la tecnología contribuyendo a que el corazón de las bestias ruja con mayor libertad y autenticidad. Mezclando la violencia del tigre con la del leopardo y el sigilo de las serpientes con la voracidad de los buitres.
Cuando grabó On the corner, Miles Davis ya estaba del "otro lado". Era tanto animal-insecto como humano. Vivía desde hacía tiempo en otro planeta, colgado de la luna, contemplando gigantescos simios y grillos desplazarse ante sus ojos. Algo que se puede percibir en esta obra que es tanto grito de auxilio como de orgullo. El ladrido de un perro drogado y el eructo de un sabio. De alguien que se negaba a ser doblegado por el sistema y probablemente, planeaba ya su retiro de los 70 mientras continuaba ofreciendo conciertos en los que no sólo aspiraba a cambiar la historia de la música sino la del Universo. Y tenía los cojones de hacerlo desde el barrio. Desde la suciedad y el fango. Como si en vez de ser una leyenda, fuera un niño hambriento o un condenado a muerte que de no tocar con todo su alma, realizar una interpretación absolutamente pasional, no podría contemplar los rayos del sol el día siguiente. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ


Únicamente es feliz quien desea la felicidad a los demás




viernes, 16 de septiembre de 2016

La raza

Como he indicado en ciertos momentos en Avería, suelo leer varios libros al mismo tiempo. Uno de los que estoy frecuentando actualmente es el exultante Historia de Roma de Indro Montanelli. Son bastantes conocidos los pormenores que rodean a este peculiar, vibrante y vitalista texto. Fatigado de explicaciones eruditas sobre el glorioso, épico pasado de su patria, de asistir con rabia muda a cómo profesores universitarios y ensayistas oscurecían los entresijos de una historia que continúa resplandeciendo por las plazas y calles de toda Italia, este inclasificable intelectual se propuso narrar de manera amena y distendida, como si se tratara de una conversación o una lección para adolescentes, los hechos más refulgentes del Imperio Romano. Y el resultado fue realmente espectacular. Originalmente publicado en periódicos, y más tarde recopilado en un tomo que ha sido reeditado en múltiples ocasiones, la Historia de Montanelli es un festín pantagruélico. Un plato de pasta cocinado con mimo en un horno italiano. Dos trozos de pizza hecha en Sicilia derritiéndose lentamente en la boca. Y un mágico paseo en góndola por los orígenes y estertores de la civilización. Pues a su temperamento didáctico une un cierto tono marcial y una fina ironía y erudición que se complementan perfectamente.Y desde luego permiten adentrarse en la mente de un hombre tremendamente difícil de definir.  Fascista en su juventud y más tarde, terriblemente crítico con el Duce. Perseguido por los comunistas y abiertamente opuesto a Berlusconi. Contradictoriamente libertario. O como él mismo se calificó, conservador y anarquista al mismo tiempo. Colaborador de Roberto Rossellini y amigo de Dino Buzzati. En cualquier caso, no deseaba aludir hoy -aunque por supuesto nunca está de más- al libro de Montanelli para recomendar su lectura, analizarlo o elogiarlo sino para citar un pequeño fragmento. Una de esos finos aforismos que deja por aquí y por allá en un texto tan profuso en ellos que a veces no permite conceder a cada uno su real valía. Este en concreto condensa en escasas palabras casi todo de lo que hay que aprender sobre una revolución. Es obvio que a Montanelli no se le puede tachar de conspiranoico. Pero sus conclusiones son muy parecidas a las de estos. Y entiendo que permitirán valorar con mayor perspectiva los intereses que hay detrás de algunos de los "nuevos" partidos políticos españoles y europeos en general. Así como percibir con más claridad porqué suele decirse que los nuevos leones (o vasallos) políticos no alcanzan el poder hasta que los "dejan" o los han preparado suficientemente para no atentar en ningún caso contra determinados intereses. 
Señala el pensador italiano tras realizar una lograda descripción de Escipión el Africano y determinadas actividades artísticas y aprendizajes retóricos que se llevaban a cabo en los salones que comenzaron a florecer por la época: "Fue en uno de aquellos salones donde se preparó la revolución. La cual contrariamente a lo que se cree, no nace jamás en las clases proletarias, que después le prestan la mano de obra, sino en las altas, aristocráticas y burguesas, que luego la pagan. Siempre es, más o menos, una forma de suicidio. Una clase no se elimina sino cuando ya se ha eliminado a sí misma". A lo que Lampedusa probablemente añadiría, "o cuando se encuentra preparada para una nueva muda de piel y está dispuesta a sacrificar a varios efectivos". Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

                                   Es larga la mano del mendigo

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Carlitos

Es realmente fascinante. A pesar de que Carlos Tévez nada en dólares y ha vivido varios años en países como Italia, donde el glamour es más una obligación o una rutina que un lujo, el aroma de villero perdura en cada rincón de su cuerpo y espíritu. Tanto que mencionar su nombre, me hace rememorar al momento un apetitoso y grasiento choripán o un riff de AC/DC. De hecho, creo que si la mejor manera de definir cualquiera de sus espontáneas celebraciones de goles o títulos es haciendo alusión a los pícaros compases de la cumbia argentina o a uno de esos sucios tangos de arrabal interpretados a orillas del río de la Plata, para definir su explosivo juego es más apropiado aludir a cualquiera de las canciones de la banda de rock australiana. Porque Tévez siempre ha sido un mediapunta habilidoso, un extremo que vence a sus oponentes por su obcecación. Arrollándolos con dos o tres movimientos bruscos de cintura, abriendo espacios en vertiginosas carreras guiadas por su potente técnica, capaz además de lanzar impactantes latigazos desde fuera del área con una contundencia que recuerda tanto a algunos de los puñetazos de Mike Tyson como a los vacilones guitarrazos de Angus Young o a la sobria, rasgada garganta de Brian Johnson. Tevez, sí, es puro rock. Pero rock alejado de toda sofisticación. O con una elaboración, digamos, muy pedestre, terráquea. Para entendernos, es mucho más Los Ratones Paranoicos que Soda Stereo. Más perro que gato. Y más un aficionado al motocross que al automovilismo. Aunque una de sus pasiones -o al menos de los hobbies que utiliza para relajarse desde su exitosa etapa en el Manchester United- sea el golf. Una boutade que como los elegantes trajes que de tanto en tanto viste, en su caso no le hacen perder autenticidad. Ni siquiera le hacen parecer un "nuevo rico" sino que añaden un matiz a su personalidad realmente atractivo. Haciéndola aún más magnética, al conferirle un aspecto de noble pirata o tenor de óperas dedicadas a los humillados y los miserables. Un hombre que sabe disfrutar del dinero pero es consciente de lo que cuesta ganarlo. Algo que en su caso, se encuentra fuera de toda duda. Pues al nacer, fue abandonado por sus padres y de no ser por sus tíos, hubiera muerto de hambre o se hubiera educado en un orfanato. Lo que provocó por ejemplo que ni se inmutara cuando le comunicaron que su padre había muerto a balazos en el transcurso de un asalto a una cafetería. O que, conforme sus amigos caían muertos o se adentraban en la cárcel debido a la droga o la violencia, él se empeñara en mejorar sus habilidades como futbolista casi obsesivamente.
Exactamente, Carlos Tévez es de esos escasos jugadores que siempre es capaz de sacarle una sonrisa al espectador. De los que trasmiten felicidad y ganas de vivir. O más bien, de gozar. De los que hacen pensar que la cancha de fútbol es una discoteca de cumbia. Un lugar donde bailar entre tragos de cerveza y bocados a piezas de un asado no demasiado elaborado. Probablemente porque tras más de una década en el fútbol de primer nivel, continúa concibiendo el deporte como una pasión. Enfocando el juego como un juvenil. Más con el corazón que con la cabeza y con el sentimiento que con la razón. De tal forma, que cuesta visualizarlo como una estrella. Pues parece un viejo colega de la infancia que en cualquier momento, nos va a animar a entrar en la cancha junto a él para echar un rato pasándonos el balón. O un amigo con quien compartimos risas y bebidas en un bar y desde aquel día, tras sonreírse al vernos, nos invita como norma y sin necesidad de que pronunciemos una sola palabra, a tomar un vino. Razón por la que entiendo que cuando no se siente a gusto en el campo de juego, es muy fácil percibirlo. Como cuando disfruta al máximo. Porque en Tévez no hay un solo rasgo de sociopatía. A pesar de haber militado en equipos europeos de primer nivel y afrontar retos descomunales, posee en su mirada frontal y en sus gestos de lucha y vitalidad, ciertos rasgos que indican que no sólo no ha olvidado sus más que humildes orígenes sino que los recuerda diariamente. Como prueba su reciente regreso al club de sus amores, Boca Juniors, que en ningún caso podía pagarle las sumas de dinero que estaban dispuestos a darle la Juventus o el Atlético de Madrid. O el hecho de que, pudiendo aprovecharse de los avances de la cirugía moderna, no haya querido mitigar los rastros de la herida que, durante su niñez, sufrió debido a una taza de agua hirviendo que desfiguró gran parte de su rostro y cuello y casi le provoca la muerte. Más que nada, porque lo que para otras personas sería un signo de fealdad, un monstruoso rasgo del que avergonzarse, él lo siente como uno de sus rasgos de identidad. Un sello que lo identifica y no le permite extraviarse. De tal forma que sin dejar de ser fiel a su imagen actual -un jugador profesional- su look continúa rememorando el de un chico de barrio. Un boxeador que aprendió su profesión en canchas sucias, llenas de barro, entremezcladas con sangre y sudor. Golpeando sin cesar a adversarios para los que vencer o perder no era tanto una cuestión de orgullo y destreza sino de supervivencia. El pasaporte que podía librarles de la pobreza y una vida sin más horizontes que la pantalla de televisión, el trabajo humillante y esclavo o directamente, la delincuencia. Las armas, la cárcel y la violencia.
Obviamente, resulta imposible separar el nombre de Tévez del de Boca. Junto al "Chelo" Delgado y Guillermo Barros Schelotto formó una de esas delanteras míticas de las que los seguidores del conjunto xeneize nunca podrán olvidarse. Un agresivo espolón cuyas hazañas tiñen de gloria algunas de las más sagradas páginas de la Biblia azul y oro. De todas maneras, es necesario advertir que aunque hoy en día parezca que por el cuerpo de Carlitos corre la misma sangre que por los aficionados bosteros, sus inicios en el club de sus amores no fueron fáciles. Entre "el Apache" y Boca hubo, sí, atracción desde los orígenes pero no amor a primera vista. Tévez debutó en octubre del 2001. Y comenzó a consolidarse en el equipo durante el 2002 de la mano de Óscar Tabárez. Pero en su contra, jugaban varias circunstancias. Boca venía de ganar una Intercontinental y dos Libertadores y estaba en esos momentos, en pleno proceso de reconversión y adaptación tras la partida de Palermo, Riquelme y otros ídolos. Mantenía la garra y el espíritu de lucha pero había perdido momentáneamente el carácter ganador. No había conseguido llegar muy lejos durante su participación en la Libertadores y perdió un campeonato nacional -que antes no se hubiera escapado- en el último partido contra Independiente. Tévez, sí, comenzó a escalar posiciones en el grupo y alcanzó la titularidad junto a Tabárez, pero debido a estos pequeños fracasos, no terminó de ganarse al público. Convertirse en ídolo. O el jugador del pueblo. Algo que sí lograría totalmente durante el imborrable año 2003. Por más que también tuvo que vencer ciertos obstáculos. 
En diciembre del 2002, Carlos Bianchi volvía al banquillo de Boca. Una muy buena noticia para los xeneizes en general pero no tanto para un Tévez ansioso de jugar cada partido y conseguir al fin triunfar. Porque Bianchi era consciente de que tenía una joya entre sus manos pero también de que debía cuidarla. Educarlo como persona y conseguir que lentamente madurara. Lo que provocó que en un principio, Carlitos no jugara tanto como deseara. Se viera obligado a esperar su momento, ver determinados partidos desde el banquillo, a pesar de que por entonces, comenzaba a parecer un adulto jugando entre juveniles y el público estaba empezando a tomar conciencia de su real valía. En ocasiones, la inexperiencia le ganaba y le hacía actuar precipitadamente pero desde luego que su rendimiento sobrepasaba con mucho el de cualquiera de los delanteros que aún permanecían en un fútbol argentino cada vez más mermado por la emigración y la crisis económica. Sin embargo, y a pesar del clamor popular, Bianchi con gestos cariñosos pero autoritarios parecía indicarle que debía esperar. Formarse. Observar. Escuchar. En definitiva, que todavía no había llegado su momento. Hasta que el destino se impuso y las circunstancias lo obligaron a ponerse en sus manos. La ida de los octavos de final de la Libertadores 2003, yo estuve en la Bombonera, viendo desfilar a los soldados azul y oro en primera fila. Boca no jugó mal aquel partido contra el Paysandú brasileño. Pero le faltó definición, contundencia. Estuvo escaso de ideas frente a la seguridad de su rival. Los brasileños supieron achicar espacios, controlar las individualidades bosteras y cubrir con eficacia su área. Ocupando perfectamente cada zona del campo. Y no resultó por tanto extraño el resultado final. Boca 0 - Paysandú 1. El objetivo central xeneize de aquel año estaba claro: La Libertadores. Y para el partido de vuelta, Bianchi no tuvo más remedio que confiar a Tévez la titularidad. Como se suele decir, el resto es historia: Boca destrozó por 2 a 4 a Paysandú y "el Apache" realizó un partido descomunal. Un nuevo ídolo había al fin llegado. Pases, desmarques, amagues. Su recital aquella noche fue gigantesco. Pero desde luego que no sería el único de aquel torneo. Porque si Boca fue campeón de aquella Libertadores y más tarde, de la Intercontinental y de un nuevo campeonato nacional fue en gran medida, por él. Boca, es cierto, tenía un equipazo. Diego Cagna, Sebastián Battaglia, Hugo Ibarra, Nicolás Burdisso eran notables escuderos. Y tanto el "Chelo" Delgado como "el mellizo" Schelotto eran dos temibles tiburones del área. Tan inteligentes como sagaces. Pero en aquel conjunto de esforzados, sangrientos guerreros, el artista era Tévez. Él era la mágica nota que convertía a un equipo peligroso y respetable en una máquina de ganar por su rapidez, su pillería, su optimismo contagioso, sus desbordes, su energía, su pasión, o la rotundidad con la que marcaba goles y se movía por campos de fútbol que convirtió en suyos. Como si fuera un pandillero o un bailarín de salsa. Un toro salvaje suelto o un rockero sobreexcitado, en pleno proceso de éxtasis creativo. Porque Tévez, sí, parecía un joven que de niño había caído en una marmita futbolística y además de poseer un talento y fuerza especiales, amaba tanto a su club que se dejaba literalmente la vida en cada partido y jugada. Vivía el fútbol como si fuera un músico feliz de interpretar una melodía atronadora y maravillosa junto al público. Agradecido por todos los abrazos y gritos entre los que su voz y espíritu se confundían gozosamente. 
Realmente, la identificación de Tévez con Boca fue tan grande que muchos -entre ellos yo- auguraron que, tras verlo partir hacia Brasil con lágrimas en los ojos, su posterior periplo por el fútbol europeo no sería satisfactorio. Pero no contábamos con su profesionalidad. Con su madurez. Con que Carlitos se había educado en la calle. Había visto morir a algunos de sus mejores amigos por la droga y las armas. Y si con todo ese arsenal de circunstancias en contra, había conseguido llegar desde un mugriento arrabal a la cima, iba a saber mantenerse en lo alto de la colina sin excesivos altibajos. Obviamente, sufrió problemas de adaptación en Inglaterra. Nunca terminó de dominar el idioma ni de soportar el clima pero su rendimiento tanto en el West Ham United como en el Manchester City y el United (o más tarde en la Juventus) nunca bajó del notable. Y si bien, no se le veía gozar y reír como en Boca, desde luego que aprovechó su oportunidad. Conquistando títulos y más títulos que no obstante, llegados a un límite, no fueron para él más que estadística. Porque para Tévez, en términos deportivos, únicamente había, hay y habrá un amor: Boca Juniors. Más que un equipo, un estilo de vida. Un sentimiento. Una pasión. Una religión mística que emparenta el fútbol y el carnaval para convertir cada domingo en una fiesta inigualable. Un acontecimiento sagrado que vincula rito y lucha para dar forma a un nuevo marco mítico y heroico incomprensible para los que no han visitado la Bombonera. Un circo cruento y locuaz de cuya mordedura es muy difícil escapar. Y más si como Carlitos se ha crecido allí y los gritos incontenibles de los hinchas repitiendo su nombre, confirman que ha alcanzado la inmortalidad para siempre.

En fin. No sabemos si finalmente, Tévez conseguirá el sueño de conquistar una nueva Libertadores con Boca. Las escasas ocasiones que lo he visto jugar en esta nueva etapa, lo he percibido demasiado precipitado. Demasiado ansioso. Brusco e inconexo aunque, eso sí, por momentos letal. Y desde luego, que los jugadores que lo acompañan, no parecen tener el porte marcial, glorioso de los de antaño. Pero, en cualquier caso, con Boca todo es posible. Y además, Carlitos ha conseguido ya tantos títulos con las tropas azul y oro que se podría decir que ese añorado último triunfo ya es lo de menos. Por lo que tal vez el único borrón en su carrera, sea su rendimiento demasiado irregular e inconstante con la selección argentina. Algo que por otro lado, no resulta extraño. Pues escasos ídolos de Boca, a excepción de Maradona, han triunfado en la albiceleste. Tal vez porque el barrio bostero estigmatiza. Es una República en sí mismo que requiere fidelidad y lealtad absolutas. Y en parte, conseguir un triunfo para Argentina, significaría proporcionarle a su vez una alegría a los más acérrimos enemigos xeneizes: los hinchas de River Plate. Y si algo se tiene absolutamente claro en la Bombonera -tal vez por encima del amor hacia los propios colores- es que es mejor suicidarse, morir o perder antes que colaborar con la alegría de las huestes de Núñez. Razón por la que en lo que se refiere a los seguidores de Boca, los reiterados fracasos de Tévez con Argentina, entiendo que no hayan afectado un ápice la relación de recíproco, absoluto amor que ambos mantienen. Al contrario, aún puede que se le valore más por ello. Y que únicamente reste verlo levantar una nueva Libertadores para que directamente, se funde una nueva iglesia consagrada a él y en los altares y balcones del barrio de la Boca, su efigie sea canonizada junto a la de Maradona o a la de Riquelme. Convirtiéndose inmediatamente en icono, hostia para comulgar y estatua sagrada junto a la que rezar. Uno de los profetas que protagonizan el Nuevo Testamento Bostero y velan porque el culto xeneize lejos de extinguirse, continúe extendiéndose por Argentina y el resto del mundo. Shalam


ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك


Con el reflujo del agua, aparecen los arrecifes


jueves, 8 de septiembre de 2016

El patrón

¡Fuera prejuicios! No sólo los norteamericanos consiguen forjar series de televisión universales. Que nos hagan gozar y pensar a partes iguales. Reflejen su identidad específica y al mismo tiempo, revelen secretos de la condición humana. Mencionar el nombre de Colombia tanto en el plano cinematográfico como televisivo, apenas provoca un arqueo de cejas en el cinéfilo. Una mirada mustia que sugiere abulia e ignorancia. Mayores impresiones causa, eso sí, a los amantes de la literatura debido a García Márquez, Alvaro Mutis, William Ospina o Evelio Rosero. Pero, a falta de conocer mejor su cultura audiovisual, Colombia y la pantalla (grande o pequeña) me parece que no terminaban de casar hasta ahora. O al menos no totalmente, hasta la aparición de El patrón del mal. Una obra enorme. Gigantesca. Absolutamente recomendable. Que, sí, obviamente no es perfecta. Posee unos cuantos minutos melodramáticos que podría haberse ahorrado. Tampoco -¿era esto posible?- es absolutamente fiel a la verdad histórica. Se toma lógicas y necesarias licencias artísticas. Y puede que le falte cierta espectacularidad para finalizar a lo grande. Pero sin dudas, es un monumento televisivo. Para hacerme entender por los amantes de las series norteamericanas, es una mezcla entre The Wire y Los Sopranos dentro del desprejuiciado, vivo, alegre y violento entorno colombiano. Es The Wire en cuanto a que, pacientemente, tomándose su tiempo, realiza una disección de los distintos polos y estamentos de la sociedad colombiana para que comprendamos no tanto las causas, sino el marco político, social e histórico con el que se fue entretejiendo el fenómeno del narcotráfico, permitiendo que una personalidad como la de Pablo Escobar Gaviria existiera y prosperara. Y es Los Sopranos en cuanto retrata en primera persona, a través de un intenso y conciso plano frontal, los más relevantes momentos de la vida del capo de la cocaína. Haciendo de paso un cabal retrato tanto de su familia como de sus socios del Cartel de Medellín. Pero, sobre todo, es ella misma. Porque El patrón del mal no necesita inspirarse en nadie para conseguir alcanzar cotas grandiosas. Realmente aleccionadoras y disfrutables. Sus creadores tenían en el pasado reciente, en el cercano recuerdo de las bombas, atentados, heridas y muertes, un material absolutamente explosivo, por momentos inverosímil, del que no sé si muchos países pueden presumir. Porque lo cierto es que si me dijeran que El patrón del mal es una ficción, una obra de realismo mágico (o sucio) apocalíptico -del tipo La virgen de los sicarios- sería más proclive a creer esta afirmación que si alguien se empeñara con libros y artículos de periódico en la mano en intentar demostrarme que lo que contemplamos en la pantalla, fue real. Y probablemente continúa -mucho más sordamente, eso sí- ocurriendo en Colombia. Una frontera que cada vez que he visitado -tres veces- me ha hecho sentirme vivo como casi ninguna otra, por más que su naturaleza tan intensa, eso sí, me hace pensar que es mejor amarla en la distancia.
Respecto al género, más allá de los muy logrados cruces entre imágenes reales y ficticias, El Patrón del mal desde luego no es innovadora. Ni lo pretende ni tampoco es necesario que lo sea. La planificación de las escenas es sencilla y efectiva. Y el argumento ha sido en muchas otras ocasiones llevado a la pantalla: la ascensión y caída de un gangster. ¿Cuál es entonces su grandeza? Para empezar, su honestidad y valentía. El mismo hecho de su existencia. El que fueran varias de las víctimas de la crueldad de Pablo Escobar, las que decidieran comenzar el proyecto. Y sin dejar de mostrar los rasgos sádicos y criminales de Pablo, gozaran de la suficiente lucidez para ofrecer un retrato de él ambivalente. Lleno de sombras, obviamente, pero también de luces. Porque no sólo es que quede absolutamente claro, que el patrón era un hombre con una inteligencia superior. Maquiavélica, diabólica y sobrecogedora. Sino que por momentos, se nos hace simpático. Absolutamente familiar. Pudiendo comprender de tal forma sus motivaciones que no resulta extraño que deseemos que sus planes (aunque en ellos se incluya la muerte de inocentes) salgan bien o suframos el golpe cuando cualquiera de sus carismáticos sicarios son eliminados por las fuerzas del "orden". Un hecho muy meritorio, teniendo en cuenta que lo sencillo hubiera sido retratar a los narcotraficantes como psicópatas. Salvajes ladrando en la jungla colombiana. Perros con la lengua fuera clamando por sangre y dinero. Y al contrario, sin ocultar su crueldad, conseguimos comprender sus motivaciones. Entender el escaso valor que concedían a la vida. Y que su lucha, siendo errada, poseía cierto mérito y sentido. Para empezar porque cuestionaba el mandato de una clase política y empresarial que, en gran medida, no se diferenciaba de los bandidos que deseaba combatir. Y en gran parte, debido a su escaso empeño en acabar con las desigualdades, fue corresponsable del surgimiento de titanes del mal como Pablo Escobar. 

De hecho, como se ha recalcado en decenas de ocasiones, el gran error del maligno emisario fue intentar introducirse en la política, porque allí se encontró con el poder en estado puro. Y personalidades por lo general tan o más retorcidas que él, quienes temerosos de que su temperamento pudiera enardecer a las masas, no dudaron en utilizar cualquier ardid para frenar su presumible asalto a la presidencia, desenmascarándolo como narcotraficante ante la sociedad en su conjunto. Y probablemente este fracaso además del empeño de los distintos mandatarios en extraditarlo a él y a sus socios hacia EUA, fueron el principal desencadenante del monstruo (ya en ciernes) en que se acabó convirtiendo. Porque hasta ese momento, Pablo, sí, había demostrado ser un peligroso villano pero como se ha encargado de reiterar su lugarteniente, John Jairo Velásquez "el Popeye", no preocupaba en exceso a la sociedad colombiana de los 70 o los 80. Una época en que las fortunas logradas por el contrabando de cocaína no eran juzgadas de manera excesivamente negativa. Eran vistas como algo festivo, y anecdótico, casi folklórico y popular, en cuanto muchos de aquellos nuevos ricos, como fue el caso de Pablo Escobar en sus inicios, no dudaban en repartir ese dinero entre los desfavorecidos, construir casas, ayudar a equipos de fútbol y mejorar infraestructuras. Además de que supongo que el ciudadano común y humilde, pensaría que de alguna forma, esos ingresos descomunales de dinero terminarían por favorecer sí o sí a la sociedad en su conjunto. 
En cualquier caso, si se trata de referir las razones por las que El patrón del mal es de obligado visionado, es imposible no citar la extraordinaria interpretación que realiza Enrique Parra de Pablo Escobar Gaviria. Realmente, una de las más grandes simbiosis de un actor con un personaje que jamás he contemplado. Tanto es así, que de haber sido la serie producida por EUA, estoy seguro de que este actor estaría ya consagrado en el Olimpo junto a los más grandes: Marlon Brando, James Gandolfini o Bryan Craston. Porque Enrique es literalmente Pablo Escobar. No es que consiga hacer creíble al personaje sino que se convierte en él. Es el mismísimo Pablo Escobar resucitado quien respira a través de Parra, volviendo a revivir los años en que ejerció con mano de hierro su dominio sobre el país, poniendo en jaque al gobierno hasta convertirse no ya en uno de los hombres más ricos del mundo -llegados a un límite, esto ya era lo de menos- sino de los más temidos. Aunque, obviamente, Enrique Parra no se encuentra solo. El elenco de actores que lo acompañan realiza por lo general, un trabajo bastante convincente. Notable en la mayoría de los casos y en otros -Christian Tappan (Gonzalo Gaviria) o Anderson Ballesteros (Jerson "El Chili") sobresaliente. Poniendo el rostro y el gesto necesario al lienzo dantesco de la descomposición de la sociedad colombiana que con tanto arrojo y valor ha conseguido trazar Carlos Moreno. El director de una superproducción de Caracol Televisión realizada casi con espíritu de un filme de autor, en cuanto que no censura nada. Y muestra sin caer en la truculencia o el efectismo -más allá de cierto melodramatismo y guiños tarantinescos- lo que debe ser visto para que tanto los colombianos como muchos de los extranjeros que crecimos escuchando noticias de asaltos continuos y violentos crímenes en las calles de unas Medellín, Calí o Bogotá en llamas, poseamos al fin una idea general bastante clara, acertada de lo que sucedía en aquel país donde durante unos años, era un milagro continuar vivo. No sufrir ningún daño por un motivo u otro.
No recuerdo dónde leí que uno de los problemas de El patrón del mal consistía en que no explicaba las causas de la violencia colombiana. Pero ¿es necesario hacerlo? ¿No se pueden contemplar con absoluta claridad entre líneas? Pongámonos por un momento en la piel de uno de los sicarios de segunda fila de Escobar. ¿Qué posibilidades le ofrecía una sociedad donde la justicia siempre juega en beneficio de los poderosos y apabulla a los débiles, se humilla a los trabajadores honrados y la corrupción se encuentra extendida por todos los ámbitos? ¿Quién no pensaría o tendría ganas en circunstancias de absoluta exclusión social de golpear a los poderosos con el mismo rigor que lo hacen ellos y de paso conseguirse un dinero? Las causas pueden ser muchas o una sola. La ausencia de amor entre los seres humanos. O la absoluta desigualdad entre clases. Y de alguna forma, El patrón lo deja claro aunque no sea su objetivo principal. Porque su propósito -comenzar a reflexionar tras una breve pausa sobre el horror sucedido y realizar un complejo retrato de Pablo Escobar- lo consigue con creces. Tanto que, en lo que se refiere a mí, su final me ha dejado huérfano y falto de referencias. Entristecido, como sólo las más grandes series han conseguido hacerlo. Pues contemplar El Patrón del mal, no sólo es una puñetazo frontal al estómago, una intensa y recomendable vivencia sino una de esas experiencias que dan sentido a la vida. De las que permiten comprender profundamente al ser humano en estado puro. Un visceral terremoto de contradicciones. Shalam


إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ


La liebre no come la hierba cerca de su guarida

lunes, 5 de septiembre de 2016

Nemo

Creo que si el capitán Nemo no ha alcanzado un status aun mayor en la literatura universal del que posee fue porque la mente racionalista de Julio Verne se sintió obligada a explicar su origen. El interés y misterio que había generado su soberbia figura en Veinte mil leguas de viaje submarino, forzó a Verne a hacerlo reaparecer al final de La isla misteriosa y desvelar su origen y capítulos esenciales de su biografía, antes de hacerlo desaparecer para siempre. Resulta curioso. Pero por una de estas paradojas del mundo moderno, una obra que invocaba el misterio desde su título, terminaba por desentrañar una de las mayores incógnitas literarias de su época. Cinco años escasos transcurrieron entre la aparición y desaparición del capitán Nemo y puede uno imaginarse a miles de lectores interrogándose una y otra vez por él. Fascinados por su magnetismo que, de alguna forma, fue opacado, oscurecido en La isla misteriosa a medida que confesaba a quienes lo escuchaban, las motivaciones de una vida sin igual. Extraordinaria y radicalmente distinta. Pero que hubiéramos preferido no saber. Porque la esencia de la literatura es el desconocimiento. Y durante un lustro, Nemo fue el no-saber. Una acuarela por rellenar. Magia elegante y suntuosa. La imagen de un barón medieval recorriendo los océanos que nadie podía explicar. Un hombre culto sometido a las pasiones e instintos generando un cúmulo de sensaciones contradictorias. El reino del caos sostenido a las espaldas de un intelectual malévolo y señorial. Un déspota de la nobleza y la verdad. Un asesino elegante con principios más rígidos y fuertes que el común de los mortales. Capaz con su sola presencia de provocar más incertidumbre y asombro que el fondo de las aguas. Porque Nemo, mucho más que el océano, era el verdadero motor de Veinte mil leguas de viaje submarino. Pues todo en la novela de Verne dependía de él. Incluso por momentos el destino de la humanidad. Y hasta los tiburones parecían respetarle. Sentirse cohibidos por su aura. Esos silencios, esas miradas profundas y perdidas, su talante extremadamente respetuoso y sagaz unido a una visceralidad, cierta pesadumbre y remordimientos que abrían compuertas a un pasado inescrutable que cada uno de los pliegues de su frente además de su mirada adusta y tormentosa, dejaba entrever como traumático.  
Nemo era, sí, un hombre al que le habían robado el templo de la infancia. Eso se intuía. Y desde entonces se había dedicado a comandar una cruzada no tanto contra la humanidad sino contra el colonialismo. Pues era desprendido con las gentes despiertas y educadas, ayudaba por ejemplo a los revolucionarios griegos en sus luchas de liberación contra Turquía, pero no dudaba en bombardear cualquier barco de procedencia inglesa que encontrara en su camino. Convirtiéndose en la respuesta meditada y al mismo tiempo instintiva en contra del colonialismo occidental. Una manifestación de que los límites del terrorismo son difusos, amplios y que la violencia posee sus razones inexpugnables. Pues la mayoría de las veces es ejercida por los estados modernos: los mayores perseguidores del humanismo. Con lo que la venganza puede convertirse a veces en un acto ético. De justicia divina. O no. Un dilema moral planteado por Nemo que, unido a sus lagunas biográficas, lo convirtieron por un tiempo en un personaje de una profundidad ingobernable. El mes de octubre o el profundo invierno hecho carne. Un personaje, sí, que en manos de Dostoievsky hubiera podido igualarse a Raskolnikov. Un hombre torturado.  El gemelo oculto del capitán Kurtz. Un destructor de la ley que, a pesar de los simples (pero efectivos) trazos con los que lo describió el mago Verne, podía rivalizar perfectamente con el capitán Ahab. Algo en cierto modo imposible desde la publicación de La isla misteriosa y la revelación de que era un príncipe indio. Lo que nos demuestra que en literatura la mayoría de veces menos es más. Y entre decir y no decir, es mejor no decir. De hecho, todavía hoy, existen muchas personas que, a pesar de que el misterio fue desvelado hace más de un siglo, desconocen el origen de Nemo. Y ni siquiera se plantean en averiguarlo. Un rasgo de lucidez. Porque de esta manera, es que el capitán Nemo puede continuar convocando imágenes de pasadizos, calabozos, bombas, luchas fratricidas, viajes imposibles, galápagos y descomunales tragedias. Ejerciendo de fantasmagórico símbolo que no sólo ayuda a explicar la raíz del mundo sino del arte. Las razones por las que la literatura es un submarino que continúa surcando los océanos y tierras a pesar de haber sido destruida cientos de veces. Y de que su definitivo naufragio es inminente. Siempre es inminente. Shalam

ذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

                       Los pequeños arroyos hacen un gran río.



viernes, 2 de septiembre de 2016

La madriguera

Hace unos meses apareció en la revista El coloquio de los perros, una reseña mía sobre la novela de Alfonso García Villalba, Homoconejo, la cual dejo a continuación con sus correspondientes y habituales modificaciones, no sin antes aclarar que en otro momento me ocupé de la novela de forma cabal. Contenida. Intentando descifrar su argumento e interpretar sus símbolos a la manera clásica. Pero este texto fue realizado expresamente para una performance (por decirlo de alguna forma) que realicé en la presentación de la novela en Murcia. Y desde luego que no me interesaba analizar el libro sino sobreinterpretarlo. Delirar. Convertirme en animal. Y finalmente, ser capaz de sentirme conejo. Muy conejo. Mucho. Tanto como para solicitar dormir en una madriguera y ser alimentado con heno de pasto y perdigones. Caminar a cuatro patas, viéndome incapacitado por tanto para transcribir viajes en ácido como el que viene a continuación.  
Sigue al conejo blanco (y amarillo).
Y también al rojo.
                
Podría definirse Homoconejo como un mantra lisérgico. Un William Burroughs transportado a la cultura del caramelo. Una lectura (o carcajada) al revés de la España de la democracia. Una mirada fantasmagórica a los años del milagro (o más bien delirio) de la construcción. O también, como un cubito de hielo repleto de trozos de plástico y vidrio con forma de pestañas. Pero no me atreveré a hacerlo. Porque es un libro pasajero. Un gusano de seda repitiendo constantemente su transformación en mariposa que por tanto no puede ser definido cabalmente. La rueda de una bicicleta que lo mismo puede servir de soporte a un triciclo que aparecer en medio de una instalación de arte contemporáneo o en una autopista anunciando un accidente. Una habitación decorada con azules claros y pequeños acuarios donde cada objeto colocado allí es transitorio. Fugaz. Aparece y desaparece como si estuviera dentro del espejo ante el que Alicia se peina, mientras es contemplada una y otra vez por el sombrerero loco. O como si formara parte de una pesadilla de un músico de jazz industrial tras indigestarse con varios platos de fresas con nata.
De hecho, más que una novela, creo que lo correcto es definir Homoconejo como una droga. LSD en polvo, introducido en cápsulas narrativas que vienen y van aleatoriamente, imitando los movimientos de los conejos en campos descubiertos. Simétricamente y asimétricamente. Como una especie de alucinación o una imagen grabada -imaginemos, por ejemplo, la de una hembra conejo en el instante de parir- en una cinta de vídeo Betamax que recurrentemente apareciera en las paredes de distinto espacios.
Homoconejo es un texto sampler. Un altavoz que difunde incesantemente una sola frase a lo largo de todas sus páginas: “Al eyacular, todos los conejos macho se desmayan. Al eyacular, todos los conejos macho se desmayan”. Un teclado del que emergen sonidos disformes que momentáneamente se convierten en bellas melodías o ruidos. Un texto de muchos textos y que gracias a todos esos otros textos, maúlla como un conejo-gato o un gato-conejo, intentando esquivar las influencias. Aunque me parece que, tal vez incluso contra la voluntad del propio escritor, -además de Philip k.Dick o J.G. Ballard- poseee un referente claro: Existen Z. La esquizoide película de David Cronemberg. Un laberinto en el que la realidad virtual y el videojuego cumplían la misma función que aquí lo hacen la droga y la literatura. O más bien, la cultura. Las películas libidinosas de Jess Franco desarrolladas en La Manga en medio de islas asaltadas por gigantescos moluscos. Las alusiones a una antigua novela sobre conejos que desprende un aroma a mitad de camino del cine de Iván Zulueta y el de Carlos Saura. O los sibilinos guiños a las vertiginosas narraciones japonesas y cómics manga a cuyo ritmo febril y desacomplejado se acopla Homoconejo respirando a través de un vibrador artificial. Una especie de tubo de oxígeno por el que penetran algas, peces muertos y también páginas cortadas con un cuchillo rosa de libros donde se hallan dibujados vaginas infectadas de uranio y las siluetas de alargados rectángulos y triángulos cuyas líneas no tienen fin. Se bifurcan y contraen en torno a multitudinarios laberintos que imitan la mente de los protagonistas de Homoconejo. 


En fin, Homoconejo es más un réquiem por la cultura trash que una fiesta de celebración. Y, a su vez, es tanto una indigestión de pop como una invitación a introducirnos en la cuarta dimensión. La pantalla inmóvil de un videojuego. Porque en realidad, Homoconejo es un flash. Un libro polo que se  bebe y saborea mejor con la lengua que con el intelecto. Con los sentidos que con las palabras. Y se sostiene mejor agarrándolo con los pies (o pezuñas) que con las manos. Aunque, lo cierto es que a Homoconejo, como a toda obra esquizoide, es tan fácil definirla por sus negaciones que por sus afirmaciones. Siempre acabaremos en el mismo lugar. Ninguno. Porque todo es otro lugar. Y otro lugar es todo. Véamos. Homoconejo, por ejemplo, no es un gigarrillo negro. Ni tampoco dibujos animados. Es tabaco mentolado. Una trampa en cuyo centro no se halla un minotauro sino un pulpo. Un río donde no hay peces sino medusas y botellas de plástico. Libélulas y gusanos de seda. Camisetas estampadas con alas de mariposas. Y cuartos cerrados donde apenas se escuchan más que suspiros, ronquidos y gemidos.
Homoconejo, sí, es un máquina de pinball cuya bola es la cabeza de los lectores. Un prostíbulo donde las mujeres no follan sino que son fecundadas. Música comercial anunciando desodorantes sonando insistentemente en la FM. Santiago Auserón cantando “La estatua del jardín botánico” ante un grupo de empresarios anónimos de una Corporación. Los Belones convertido en la cima de la modernidad. Cientos de topos adentrándose en los túneles de una torre de oro derretida. Cloro  arrojado al iris de los niños. Y un pliegue surgido de una novela de Philip K. dick. O más bien, de uno de los sueños del escritor norteamericano. O de una de sus pesadillas. O dudas. No es posible saberlo en verdad, porque el delirio de Alfonso García Villalba se encuentra lleno de pasillos-trampa. Es decir; parece literatura japonesa pero no lo es. Un laberinto pero no lo es. Un sueño pero no lo es. Un orgasmo pero no lo es. Una mano muerta pero no lo es. Un tren posmoderno pero no lo es. Un libro escrito por un clon de un escritor llamado Alfonso García Villalba pero no lo es. Una droga de diseño pero no lo es. El campo de golf de un resort turístico pero no lo es. Porque, sí, exactamente, todo es otro lugar en Homoconejo, tal y como queda claro en uno de los intensos clímax del texto: la escena en que cientos de conejos comienzan a copular en las entrañas de unas madrigueras que a los pocos minutos se convierten en las paredes negras y húmedas de un hormiguero y, más tarde, las mandíbulas de un gigantesco molusco encontrado muerto en una piscina de Benidorm.
Realmente, tengo la sensación de que Alfonso García Villalba no ha compuesto un texto sino un disco. Porque utiliza las frases como chicles. Dotándolas de elasticidad y rapidez como las notas musicales de una sinfonía loca. Que, en realidad, Alfonso García Villalba no desea lectores sino fans. Y que su mayor frustración es que Homoconejo sea una novela y no aquello que aspira a ser: un videojuego en el que cada vez que uno de los jugadores-cazador mate a un conejo, se escuche intercalada la famosa frase de Bugs Bunny dirigida a los espectadores de su show: “¿Qué hay de nuevo amigos?” Shalam


اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ


Los jueces asustan más que las leyes y algunos conejos más que los lobos.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Closer


Hay algo en el testamento de Joy Division, Closer, que huele a Edad Media. A clásico. Y atemporalidad. No sólo por la impresionante portada diseñada por Martyn Atkins y Peter Saville a partir de una fotografía de Bernard Pierre Wolff de la tumba de la familia Appiani situada en el Cementerio Monumental de Génova (Italia). O por haber sido grabado bajo una bóveda de estuco con la intención de lograr idéntica resonancia que la de una capilla. Sino por su atmósfera. Esa guitarra contenida e inquietante que rasga el espacio y tortura el sonido. Ese bajo y esa batería de una profundidad infinitas que asemejan piedras cayendo en pozos. La manera de cantar de Ian Curtis parecida tanto a la de un sacerdote (tal vez un papa) de una negra secta como a la de un neurótico que comandara un manicomio. A la de un profeta y a la de un loco. Un eremita y un esquizofrénico. Un anciano y un extraño y arisco adolescente. O a la de un reo condenado a muerte sufriendo una pesadilla la noche antes de ser sacrificado.Y, sobre todo, esos sintetizadores rayados, casi brillantes y opalescentes, pero también grises, cuyas notas parecen proceder de otra época. Surgir del limbo o un purgatorio de almas bendecidas y malditas por igual. En definitiva, por su intrigante y austera concepción musical nunca jamás conseguida por nadie, capaz de convocar un sin fin de imágenes espectrales. O de suscitar incógnitas. De tal forma que al escuchar el disco se tiene la impresión de acceder a una catedral. Pasear por los pasillos de un monasterio cuyos integrantes jamás han salido de sus compuertas. Leer un libro sagrado cuyas líneas se van borrando, difuminando al contacto con nuestra vista por algún motivo oculto, diabólico. Contemplar el mar con un catalejo desde un torreón solitario. O tener entre las manos un viejo sello basado en el Apocalipsis. Puede uno además imaginarse estas canciones sonando por ejemplo en la mente de un leproso. Sobrevolando una ciudad devastada por la peste. Ilustrando escenas de sadomasoquismo vicioso en un monasterio. O atravesando los cielos en medio de una de las cacerías del Ku Klux Klan. Porque son creaciones decadentes. La descripción de un inevitable ocaso. Una mirada profunda a los ojos de la muerte. Una conversación silenciosa con un anciano decrépito. Y el torturado cuerpo de varios jóvenes encerrados en prisiones. O en faros. Alejados de dios y los hombres en mansiones arrasadas por la enfermedad y las llamas de la maldad.
Closer es, desde luego, un disco literario. No sólo porque su lenguaje nunca aterriza en la realidad, flota envuelto dentro de una depresión sin descender al mundo cotidiano, sino por su temperamento visionario y autodestructivo. Su estructura rota, suicida que pareciera haber surgido de la mente de Kafka antes de lanzarse a los abismos y ser descuartizado por tres suntuosos, elegantes buitres. De hecho, la tensión que rezuma es ideal para ahondar, penetrar en los pasadizos de un castillo. Caer en los barrancos. Porque es capaz de escarbar en la oscuridad, a partir de la sugerencia. Conseguir que cada canción parezca una metáfora y cualquiera de sus textos un enigma indescifrable. De tal forma, que aunque su propuesta suene aún actual, y fuera capaz en su momento de recoger la rítmica y aliento de su presente, terminó por asaltar el palacio de la eternidad. Lo que la hace ideal para trazar las perversas coordenadas de una novela que transcurriera en una imaginaria Edad Media. Tal vez en medio del Barroco. O al final de romanticismo. Puesto que sus acordes enrarecidos, violentos y disformes se acoplan perfectamente con los frescos sexuales del Marqués de Sade, los puñales expresionistas de Thomas Bernhard o la mística destructiva que hay tras cualquier texto de Georges Bataille. Probablemente porque son el cruce rabioso e insólito entre el punk y la música eclesiástica. Una misa y un eructo. El séptimo sello de la música contemporánea. 

Creo además que Closer recoge perfectamente la esencia punitiva y maldita de ese Occidente descrito por Michel Focault en su Vigilar y castigar. Es incluso más que los discos punk, la creación que mejor ha transcrito el No future. Mejor ha comprendido la trascendencia de aquel grito. Porque es el nihilismo hecho música. El testamento no escrito de Robert Musil. Un lienzo musical que podría haber sido compuesto por Egon Schiele o el Werner Herzog más salvaje. El álbum ideal para describir la desolación del continente europeo, el rostro de Klaus Kinski en la tumba y el ambiente de un campo de concentración alemán. La quimera de la modernidad. Y la destrucción de toda esperanza. Siendo en definitiva, un sombrío presagio que anuncia con suma lucidez el futuro estallido del estado de bienestar y el incendio de cualquier aspiración de solidaridad social. La llegada de una nueva Edad Media. Y una nueva peste: la soledad  y el aislamiento. El pérfido, fatal individualismo que como un ángel negro devora las cosechas trayendo consigo el hambre y el lamento. La era de la desgracia. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

Todos ladran pero sólo algunos perros muerden.

martes, 30 de agosto de 2016

Fantasmas

Me parece a mí que la grandeza de Ghost radica en haber podido combinar una impresionante imagen con una música inmensamente atractiva y divertida. Melodías infernales junto a juguetonas. Un órgano de iglesia tocado por un diablillo con los tirones del rabo de un demonio por parte de un ángel. De hecho, Ghost serían un chiste si su música no tuviera fundamento ni base. Pero ocurre que al contrario, es absolutamente espectacular. Un lienzo de Salvador Dalí emitiendo silbidos, pequeños chillidos en medio de una iglesia devastada. No es tan fácil de encontrar, en verdad, dentro de la jungla musical global, esa mezcla entre el A.O.R. y el doom metal, el black metal y el pop, capaz de conseguir que dulces cantinelas infantiles sobrevuelen territorios lóbregos y nocturnos. Combinándose espontáneamente con solemnes giros psicodélicos, ráfagas de tétrico hard rock y alucinantes melodías que lo mismo podrían sonar en medio de un homenaje al glam metal que en los créditos finales de un film de horror. Y por supuesto que tampoco es frecuente hallar esa mixtura entre marcialidad y diversión que desprende su vestimenta. Porque lo cierto es que, siendo solemne, su look no es autoritario. Impone, sí, pero de la misma manera que lo hace el enorme afiche de una vieja película de ciencia ficción, un monstruo diseñado por Harryhausen, o la voz de Vincent Price leyendo un relato de Edgar Allan Poe. Esto es; causa respeto sin cesar de invocar a la fiesta eterna. El carnaval oculto en el inconsciente. Y la imaginación. De hecho, su "supuesto" satanismo es más bufo que trágico y provoca más sentimientos entrañables que miedo. Pues escuchar a Ghost es como volver a contemplar una película de terror sabiendo de antemano qué sucederá. Pudiendo por tanto anticipar la escena en que la niña de cabellos rubios que se balancea lentamente en la mecedora, se transformará en una anciana de cuyos ojos emergen gusanos. O aquella otra en que se nos revelará que el apuesto sacerdote que ofrendaba la comunión con una sonrisa a los niños, era en realidad, un emisario del mal.
Obviamente, para forjar la leyenda de Ghost ha sido muy importante que ninguno de los miembros diera señales sobre su identidad. Su cantante es el Papa Emeritus y el resto de los cinco componentes del grupo son "los demonios necrófagos sin nombre". Cada uno de los anónimos diablos es representado por un símbolo -fuego, agua, aire, tierra y éter- cuyo poder ejercen de manera negativa o inversa a la conocida. Esto es; satánica. Y consecuentemente, sus discos son una invitación a recibir al nuevo Anticristo con los brazos abiertos, como cada una de sus canciones, un homenaje a la iglesia demoníaca cuyo poder controlará (si es que no lo hace ya) el mundo. Obviamente, toda esta parafernalia barroca que entrecruza inteligentemente la iconografía gótica y decadente con el derruido misticismo que recorre Occidente en su conjunto, podría ser muy fácilmente ridiculizable. Podría haberse convertido en una risible pantomima, de no ser porque es bastante evidente que la manera en que Ghost se regodean en el vacío y el nihilismo actuales, posee mucho ("o todo") de operación artística. Eso sí, en ningún caso artificial sino en gran medida, sentida. Perfectamente interiorizada. Pues al fin y al cabo, si algo destaca en la banda sueca es su sentido del humor. Haber inventado o haberse apropiado del kitsch satánico. Además de la fascinante forma en que ironizan sobre sí mismos, exponiéndose sin ningún rubor como producto artificial pero al mismo tiempo, teniendo el talento y la valentía de explorar hasta el fondo las atmósferas lúgubres y los paisajes recónditos. Los abismos de la razón. Adaptando la iconografía y filosofía negra como si la hubieran mamado de niños. Con una naturalidad que en este caso sí que asusta. Pasma. Porque hay que ser o bien un genio, un loco inconsciente o un fanático irredento de Alice Cooper y el glam de los 70 para conseguir nadar con tanta habilidad y soltura entre referentes extremos que por lo general o aterrorizan a la mayoría de personas o son motivo de guasa. Logrando de paso hacer emerger el rock adolescente de las penumbras e incinerarse públicamente junto a él.
En fin, realmente creo que Ghost son una inmensa carcajada. El teatro de la crueldad de visita por el mundo del pop. Abba cenando con King Diamond en medio de una catedral románica. La risa de Georges Bataille al contemplar unas cuantas sábanas desplazándose libremente entre los anaqueles de una biblioteca. Rabelais echándose una partida de cartas con Andy Warhol. El Nuevo Orden Mundial presentándose a sí mismo como una nueva Edad Media. La prueba de que es posible danzar incluso en medio del fuego y el vacío cotidianos. Una invasión de calaveras surgidas de un antiguo tratado de brujería que provocan tanto miedo como placer. Orgasmos desoladores, intensos besos o gritos de asco.  Y en definitiva, la manifestación más evidente de que para conseguir que el rock continúe siendo excitante es necesario hacerlo retornar, de una manera u otra, al lugar donde surgió: los infiernos. Shalam
   

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

             Hay que prestar atención cuando un viejo perro ladra

domingo, 28 de agosto de 2016

La muerte en Bohemia

En los últimos días, he seguido una costumbre antes de comenzar a escribir Puercos. O realizar cualquier acto. Escuchar un Réquiem. Básicamente, porque estos cánticos de difuntos, loas nostálgicas a los desaparecidos, consiguen colocar la vida, con tan sólo escuchar uno de sus pasajes, en la perspectiva adecuada. Alejan cualquier tentación a la dispersión además de ser un escudo de metal infranqueable contra las frivolidades cotidianas. Pues son un recordatorio de nuestra propia muerte. De que antes o después, tendremos que realizar el trasvase a "la otra vida". "Al otro mundo". Y ante un hecho tan trascendente como misterioso, cualquiera de las preocupaciones que actualmente nos atormentan -no importa cuán dolorosas parezcan- terminan por revelarse como pasajeras. Casi intrascendentes. De hecho, si ponemos el foco en lo esencial, nos daremos cuenta de que acaso hay únicamente tres momentos realmente importantes en la existencia: nuestro nacimiento, nuestra muerte y aquellos en los que logramos crear algo; un poema, otro ser humano, un lienzo. O destrozarlo. Por lo que entiendo que la escucha de un réquiem recién levantados es el mayor acicate para ahondar en la creatividad. O la aniquilación. Cumplir nuestro verdadero destino evitando el resto de lenguajes y voces que diariamente nos confunden y alejan del mismo, sin permitirnos profundizar en nuestro ser. Esas distracciones tan dañinas como puñales o lanzas.
Creo, de hecho, que los réquiems logran -o al menos nos ponen en la circunstancia de entenderlo- algo realmente dificultoso: no sólo que comencemos el día pensando que puede ser el último. Un hecho demasiado evidente para una composición tan absorbente, espeluznante y hermosa. Sino que lo afrontemos como si ya hubiéramos fallecido. Como si estuviéramos muertos y el mundo circundante, -incluido la persona con la que estamos hablando en este momento- fuera un inmenso cementerio. Un paisaje alejándose. Y tanto nosotros como quienes nos rodean, fuéramos fantasmas. Seres invisibles. Mudos. Algo que también consiguen los discos de Scott Walker. Lograr que nos percibamos como espíritus caminando buscando un sentido último a nuestros actos que siempre se nos escapa. Nunca se nos ofrece al completo. Lo que nos permite dotar a los actos cotidianos de un misticismo, cierta santidad que por lo general, es difícil encontrar. Y tan sólo concede -y eso en ocasiones especiales- el arte. Probablemente, porque un réquiem es un adelgazador del ego. Un destructor de la individualidad. De las banales alegrías y las más descarnadas tristezas. Y un propulsor del reencuentro colectivo. Puede que porque sea un encuentro forzoso, antes de tiempo, con dios. O el más allá. Como ocurre con cualquier hecho artístico trascendente, incluido por supuesto la literatura, que tal vez sea en esencia no más que un réquiem. Una tarjeta de despedida escrita en varias partes. De hecho, visto desde este determinado trasluz, cada novela de un escritor podría ser entendida como un adiós. Su manera de despedirse en un momento en concreto de su existencia. Y su obra en su conjunto, no tanto cómo vivió o su manera de entender y dialogar con la realidad, sino las distintas formas en que fue diciéndole adiós a este mundo. Qué disfraces y palabras eligió y si lo hizo con mayor o menor furia y resignación. Con total nobleza y aceptación. Junto a un solo amante o un ejército de brazos desplegados intentando abrazarlo que bien pudieran ser ángeles o demonios. 
Exactamente, la mayoría de novelas escritas y obras artísticas realizadas hasta el día de hoy, no sólo es que hayan sido escritas por autores ya fallecidos sino que se ocupan de personas, santos, figuras históricas, gentes anónimas asimismo muertas. Un hecho innegable que recuerda aquel poema en que Hölderlin insistía en que la vida se encuentra llena de muerte, respira muerte y es en esencia, muerte. Y como nos recalcan los réquiems, únicamente puede brillar en toda su magnitud, poniendo en primer plano más y más muerte. Lo que explica acaso lo difuso de nuestras vidas actuales, sumergidos como estamos en sociedades que eliden, niegan e intentan alejar de la muerte del discurso cotidiano. Llegando incluso a convertirla en un espectáculo u acontecimiento, al negarle su carácter sagrado. Su benevolente función y ambivalente risa que dio origen a la tragedia griega y fue el germen de heroicos e inolvidables textos a lo largo de la historia. Cánticos en que héroes armados surcaban los más ignotos mares, entre remolinos de arena, para regresar en sus manos con un matojo de cabellos de su enamorada muerta. Leyendas protagonizadas por madres que para rescatar a sus hijos de los labios de Hela se ofrecieron en sacrificio, arrojándose desde los abismos hacia gélidas y tétricas aguas. O poemas consagrados a muchachas que clamaban desesperadas buscando a sus amantes a través de bosques que en realidad eran sombras de los infiernos. Abismos a través de los que eran absorbidas por fuerzas oscuras mientras escuchaban los gritos de sus jóvenes prometidos, invocando su nombre.
¿Cuál ha sido el Requiem elegido para escuchar el día de hoy? El Requiem in C-Minor (1820), del pianista checo Václav Jan Tomásek. Una composición de la que apenas sé nada. Apenas que fue engendrada en honor a las víctimas del desbordamiento del río Ohre, en Bohemia. Algo que, a pesar de esos sepulcrales y mágicos coros que traen remebranzas de viejas aldeas mediales y opulentos castillos góticos, no importa tanto como la sensación que transmite de encontrarnos ante un momento cumbre. Un límite, la espada rendida de un cosaco que exige que dejemos de lado nuestras actividades cotidianas, arrojemos las cartas del tarot al suelo, y o bien nos sumerjamos en los rezos y albores de este lánguido y ceremonioso cántico o ejecutemos aquello que tengamos previsto hacer silenciosamente. Sin más demoras. Porque la vida y la muerte son fronteras. Y sólo aquellos que atraviesan su existencia como si ya estuvieran muertos, conseguirán que la muerte no sea tan sólo el proemio de la vida eterna. Sino de un nuevo nacimiento. La disolución absoluta del yo. Convirtiendo la tragedia en carnaval, y el llanto en risa. Pudiendo surcar aquel océano de luz amarillenta y verdosa lleno de almas danzarinas que, según William Blake, aguarda a los iniciados al fin de su existencia. Y también a los pobres y desfavorecidos. Todos aquellos que ya están muertos y por los que cada día suena un réquiem en su honor. Como prueba de que si bien, puede que los seres humanos nos hayamos olvidado de ellos, no así la misericordiosa señora habitante de las lejanas colinas. De la que, por otro lado, Arthur Rimbaud aconsejaba desconfiar porque detrás de ella se esconde un dragón que no tiene piedad absolutamente con nadie. Arroja fuego día y noche y corre a gran velocidad a través de los abismos cuando escucha los gritos de ahogados y heridos aullando, buscando un sostén de madera o un hierro al que agarrarse tanto en el cielo como en el infierno. Los barrancos demolidos por las piedras y los murciélagos. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا


Los maníacos tienen muchas horas divertidas que el hombre en su sano juicio no tiene.