jueves, 25 de agosto de 2016

El jardín del mal

Si todo continúa por el camino previsto, para primavera habré concluido mi Trilogía del horror: El jardinero, Ruido y Puercos. Tres esquizofrénicas, furiosas novelas repletas de violentos jardineros, mezquinos condes, egocéntricos artistas y asesinatos, creadas en condiciones adversas, y psicológicamente bastante duras, pero sin las cuales estoy seguro no serían tan violentas, peligrosas y ásperas ni rezumarían tanta maldad y terror. Algo a lo que sin dudas, ha contribuido decisivamente el lugar donde han sido urdidas casi íntegramente: Xalapa (Veracruz). Una ciudad, al igual que la región donde se encuentra, repleta de jardines y una exuberante vegetación que pueden suscitar en el viajero casual, una cálida, amistosa y acogedora sensación de bienestar, que con los meses se revela absolutamente falsa. Traicionera. No tanto por sus habitantes, que en su mayoría son realmente amables sino debido a los procesos político-sociales por los que actualmente pasa, que como una nebulosa maligna, un caparazón de odio y crueldad, estrangulan la atmósfera de sus empinadas calles donde tras cada puerta y árbol o bajo cualquier automóvil puede ocultarse el horror, la miseria y el dolor. Hasta el punto de que si tal vez hace tan sólo una o dos décadas el nombre de Xalapa era aún orgulloso (y a veces vanidoso y excluyente) sinónimo de cultura y arte, café y carnaval, exuberante literatura y misteriosa pintura, ahora lo es de lo abominable. De monstruosidad, infamia y crueldad. De hecho, siendo honestos, hace tiempo que se ha convertido en la nueva Ciudad Juárez mexicana. Una Medellín azteca. Un lugar donde ya es más fácil sorprenderse al descubrir los restos de varias estatuas olmecas o al contemplar una puesta de sol con tranquilidad, que por encontrarse rodajas de cuerpos ensangrentados en la carretera o en medio de un montículo de basura. Siendo por tanto, un espacio ideal para componer esas tres novelas en las que tenía la intención de reflejar el jardín de las delicias europeo. Por más que, finalmente, creo que he también acabado recogiendo (al menos indirectamente) los murmullos de los muertos y ultrajados y de los descabezamientos, crímenes y ultrajes que diariamente ocurren, en medio de la ilusoria sensación de calma que transmite la antaño admirada Atenas veracruzana.

¿Qué ocurre en uno de los vórtices de acaso la región más transparente del mundo? Para empezar, creo que Veracruz adolece de varios de los males mexicanos y americanos. Pues si bien, las empresas y clases altas sí gozan de muchas de las ventajas del capitalismo neoliberal (que, al fin y al cabo es un capitalismo hecho a medida de los antiguos terratenientes reconvertidos en comerciantes y de los "nuevos ricos") el resto de la población sufre más bien sus desventajas. Su cara amarga. Aunque no sé si esta afirmación es exacta. Puesto que creo que para la mayoría de mexicanos el neoliberalismo no existe. Es un concepto teórico que algunos -tan sólo unos pocos- estudian en la Universidad y leen en los periódicos, que no tiene reflejo en su vida cotidiana, dado que el sistema realmente implantado en México es el capitalismo esclavista. La definición exacta de la globalización. Ese pseudocapitalismo colonial. Lo que significa que los sueldos de la inmensa mayoría de los trabajadores son mínimos. Sirven únicamente para la alimentación, el pago de los servicios básicos y con suerte, para dos días de fiesta mensuales. Generalmente cuando se cumple la quincena. 


Hace años, una española me preguntaba porqué los salarios eran tan bajos puesto que, según su razonamiento, habiendo tantos mexicanos, una subida podría incentivar el consumo hasta límites insospechados, agrandando los beneficios de las empresas y el Estado. En su momento, no supe qué responder. Pero ahora sí me atrevería a hacerlo. Creo que la explicación radica en la naturaleza del capitalismo esclavista. Se trata de que los ciudadanos vivan para trabajar con el fin de que si desean unas vacaciones, una mejor casa o un vehículo no puedan comprarlo con sus ahorros. Y deban por tanto pedir un crédito al banco. Y es así, como el Estado y las empresas privadas -¿no es eso lo que son al fin y al cabo las "entidades de ahorro?- consiguen esos beneficios que no obtienen en primera instancia. Asegurándose además de que los trabajadores se encuentren bajo su control. Pues estando endeudados son mucho más fáciles de dominar y también de atemorizar, que si tuvieran sueldos lo suficientemente amplios como para ahorrar cantidades de dinero que les permitieran cierta tranquilidad y autonomía con las que viene de la mano la independencia de juicio que es, a su vez, el preludio de la crítica y el cuestionamiento. Razón por la que tampoco existe prácticamente clase media y la resistencia social cae o bien en la desesperación e indolencia, el vacío más absurdo, o termina desembocando en determinados casos en el ámbito de la guerrilla revolucionaria. La lucha anticapitalista. O el narcotráfico.
En Veracruz, por ejemplo, a excepción de los grandes empresarios, los altos funcionarios estatales, algunas profesiones liberales y determinados cargos directivos de la Universidad Veracruzana además de unos pocos investigadores y profesores pertenecientes a esta última Institución, la mayoría de personas cobran sueldos ridículos. Verdaderamente humillantes. Insultantes. Y, en cierto sentido, es lógico que ante la impotencia y el abuso de poder absolutamente cruel por parte de los políticos, y frente a la perspectiva de trabajar durante décadas a la orden de soberbios jefes sin empatía alguna, sometidos a unas condiciones laborables deplorables e indignas, muchos jóvenes sin una conciencia social, espiritual o cultural sólida, terminen enrolándose en el narcotráfico. Pues, al fin y al cabo, servir de puente o contacto entre dos bandos, sobornar a la policía (también muy mal pagada), llevar un camión o un barco de cocaína a EUA o a Italia, o asesinar a un cargo incorruptible, les proporciona una cantidad de dinero en efectivo tremenda que, en ocasiones, ni en tres o cuatro décadas de trabajo podrían obtener. Un hecho en el que, en mi opinión, radica no sólo el germen del narcotráfico sino también de su complementaria contraparte: la corrupción. La cual es una consecuencia de la inexistencia de lazos de unión y protección -a excepción de los familiares- en la comunidad y, como dije anteriormente, la ausencia de una clase media poderosa. Siendo, en esencia, el resultado de la persistencia en el modelo del capitalismo esclavista. Y del vacío histórico y cultural de la vida social que debe por tanto ser llenado por un lado, con grotescos, crueles bandidos (los grandes narcotraficantes) que alcanzan la categoría de mitos vivientes por ser capaces de amasar grandes fortunas, hacer a su antojo su voluntad y además, en muchos casos, realizar funciones sociales que no cumplen ni la iglesia ni por supuesto los políticos: repartir dinero entre los más necesitados para los que crean hospitales, casas, y obras públicas consiguiendo lógicamente su adhesión, complicidad y adoración absolutas. Y, por otro lado, con gigantescos monstruos psicóticos, como es el caso de los gobernadores y alcaldes de tantos y tantos pueblos y ciudades de la región veracruzana. Personajes, títeres que básicamente se dedican a pagar favores, velar por los empresarios o familias (criminales, respetables o no) que contribuyeron con su dinero a que alcanzaran el poder, a enriquecerse y realizar todos las perversiones que se les antojan desde sus intocables situaciones de privilegio. No ocupándose más que lo mínimo y necesario de la maltratada y descompuesta sociedad civil, a la que se le continúa pagando el sueldo, en la medida en que su trabajo esclavo y brutalizado, es necesario para sustentar los delirios de las clases altas.
Para comprender, por tanto, la decadencia actual de Veracruz es necesario vincular constantemente estos dos polos: corrupción y narcotráfico. Política y droga. Y, ante todo, entender el papel jugado por el anterior gobernador, Fidel Herrera. Un visionario seductor, un hábil, inteligente y malicioso político que no dudó para dar una imagen momentánea y caduca de falsa prosperidad, en comenzar a vaciar, liquidar las arcas públicas de la región, haciéndola más dependiente y débil y menos autónoma. Y lo más importante, sospecho que vislumbrando que, tras el debilitamiento de los cárteles de la droga en Colombia, Veracruz jugaría un rol muy importante en las nuevas rutas del contrabando, daría carta blanca a un pacto con determinadas facciones del narcotráfico. Consiguiendo ser apoyado y beneficiado política y económicamente por grandes criminales a cambio de permitir la circulación libre de la mercancía por el territorio, comprometerse a cubrirles las espaldas fabricando tormentas de humo continuas (la política espectáculo) y por supuesto, silenciar a cualquier periodista o facción crítica. Algo de lo que su sucesor, Javier Duarte, -un embrutecido, megalómano y fofo Calígula con un complejo de inferioridad manifiesto que ha tornado en rabia, inquina y violencia contra la población- tomaría buena nota, dejando a escasas semanas de abandonar su puesto, un reguero de fotógrafos y columnistas muertos que quita el hipo. Además de un paisaje decadente y crepuscular absolutamente desolador que únicamente es rescatable por la buena voluntad de ciudadanos que, lógicamente, ante situaciones tan adversas, la soledad, ausencia de ayudas y por mera voluntad de supervivencia, han acabado en muchos casos, contagiándose del ambiente, contribuyendo a convertir a Veracruz en un peligroso tugurio donde el milagro radica en continuar vivo. Un cenagal donde se respira a muerto y violencia por todas partes además de a basura descompuesta y agua putrefacta, en el que la truculencia y el horror se encuentran totalmente normalizados. No es extraño por ejemplo, escuchar a las personas más humildes y pacíficas comentar con una pícara sonrisa entre medias de tranquilas conversaciones sobre fútbol o su estado de salud, la muerte de algún conocido, el trágico final que sufrirá tal o cual estudiante si continúa apareciendo en primer plano en las manifestaciones o las torturas que se llevan a cabo en una finca situada a escasos kilómetros, además de alguna frívola referencia a los muertos que, diariamente, aparecen tirados en los costados de las carreteras.
En fin. Como se comprenderá, en esas circunstancias, pretender cualquier atisbo de cordura es difícil. Y resulta totalmente lógico que personajes que no han escrito un solo libro ocupen importantes cargos culturales o que reconocidos drogadictos lideren instituciones sanitarias. Como que casi nadie cumpla el trabajo en el plazo establecido. Los alumnos amenacen con palizas a los profesores en caso de no aprobarlos. Doctores de talento sean pagados como analfabetos. Proliferen los chamanes (o charlatanes). Las adivinas. Los abogados (o estafadores). La mayoría de personas acudan tarde a las citas. Haya sobornos constantes. Recaudaciones de dinero a bares y discotecas si desean continuar abiertos. Y debido a la perversa política de becas estatales, algunos de los más interesantes escritores vivos, realicen libros sin ningún valor por miedo a perder el apoyo económico. Y encima sean jaleados con premios y aplausos. Los investigadores culturales repitan una y otra vez los mismos temas. Y en muchos casos, los artistas en vez de unirse se dividan en facciones que más parecen bandas callejeras que grupos de hombres cultos. Lo cual, repito, es lógico. Pues la metralla de carne muerta, la corrupción y el narcotráfico, la política y la droga, educan al pueblo en el crimen. La indiferencia al dolor ajeno y la injusticia. Y tal vez, si tuvieran otros referentes distintos, los ciudadanos (convertidos ya en casi cuerpos, sombras sin alma) se comportarían de manera diferente. ¿O quién sabe? 


En mi caso, a pesar de todo lo vivido (y muchas veces, sufrido) creo estar incluso agradecido finalmente. Porque es debido a este sentimiento de oprobio continuo, la violencia y destrucción, que estoy terminando de urdir el último de tres libros viciosos. Y horrendos. Como el alma de quienes rigen los destinos de una región sobre la que oscila una guadaña de muerte. Una navaja cortante que se ha hecho más y más grande conforme con los años, de ser un jardín filosófico con reminiscencias platónicas, lleno de estatuas totonacas, se ha convertido en el jardín del mal. Un bosque de cuerpos descuartizados sobre el que prende también la condena (y castigo) del olvido. Porque bajo mi punto de vista, a excepción de Hernán Cortés, los mexicanos (y por supuesto los veracruzanos) suelen olvidarse de su pasado lejano y reciente con una inconsciencia casi temeraria. Y -como lo prueban por ejemplo, el caso Porkys o el caso Paulette o tantos y tantos otros-, terminan por ignorar las más temibles afrentas antes o después. Mezclando rencor e indiferencia, desmemoria histórica y venganza personal, hombría individual y cobardía social y reivindicativa con tanta facilidad que entiendo que lo natural sería que estuvieran condenados a repetir su historia una y otra vez sin aprender de ella. O que, en caso de por algún milagro, no repetirla, que fundaran una sociedad absolutamente nueva y desconocida. Capaz de sobrevivir a todo. Incluso a su peor enemigo: ella misma. Su tolerancia al mal y su permisividad y extrema indiferencia con la amoralidad que provocan que, por ejemplo, sea muy difícil pensar en un político de cualquier partido que no sea corrupto y tan peligroso como cualquier narcotraficante. Lo que, al fin y al cabo, explica el que por ejemplo, si tuvieran que elegir entre salvar la vida de el Chapo Guzmán o de Enrique Peña Nieto, la mayoría de mexicanos sin dudarlo, escogerían al primero. Pues al menos, el líder del Cártel de Sinaloa no engaña. No se hace pasar por quien no es. Y ocupa su lugar en los jardines del mal con discreción y dignidad. Como un sigiloso actor que no necesita más protagonismo del que ya tiene. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

 No hay mal tiempo, sólo mala ropa

lunes, 22 de agosto de 2016

Artificiero

Uno de los aspectos que más valoro de un disco no sólo es que me invite a viajar sino que me deje libertad para hacerlo. Que no me imponga un camino y tal vez ni siquiera lo sugiera. Únicamente ponga las bases -y lo haga bien- de una aventura, traiga consigo los rieles de un ferrocarril situado en medio del inconsciente, y me permita ir solo hacia donde yo desee. Bajándome, eso sí, a tierra cuando de tanto en tanto -algo habitual en mí- me encuentre perdido. En medio de ninguna parte y una frontera extraña. Generalmente, esto me ocurre cuando al escucharlo, vienen a mi mente imágenes que no estaban ya previamente programadas por el músico. Cuando elaboro argumentos temáticos y sonoros en una dimensión paralela a la real. Algo que me ha sucedido con VS010, la casette de Artificiero. Una epopeya de sonido que no importa que por ejemplo utilice (o permita rememorar) en algún momento, los compases del Lux Aeterna de György Ligeti, títulos escatológicos que recuerdan las películas de Alejandro Jodorowsky o fragmentos ambientales que parecen haber sido extraídos de la laptop de Brian Eno, a mí me lleva a otros lugares de los aparentemente previstos. Precisamente, porque creo que VS010 es un no-lugar. Un disco surgido de un agujero negro. Una nave descompuesta flotando por alguna galaxia emitiendo destellos sonoros que son un cruce entre el krautrock y los sonidos industriales y eléctricos. Una combinación que se siente en este caso más que cerebral, absolutamente instintiva. Y por tanto, contiene cierto regusto punk -casi indistinguible, eso sí-  y a serie B en su interior. Posee un espíritu a medio camino del chamanismo de barraca y feria y el nihilismo contemporáneo. Nietzsche atravesando dimensiones oscuras y laberintos entre los que surgen vampiros y los pies cortados de varios aliens. Extrañas carátulas de viejas bandas sonoras de películas de ciencia ficción derrumbándose en el mar negro. Y choques fortuitos de las gamberradas de Esplendor Geométrico y Derribos Arias frente a satélites donde se reflejan constantemente imágenes de Ulises 31.
Lo que más me interesa de VS010 en realidad es su espíritu travieso. Que se siente que hay detrás de cada uno de estos destellos sonoros, alguien divirtiéndose y a quien le da igual absolutamente el dadaísmo, el surrealismo o cualquier otro concepto. Porque básicamente, le importa construir ondas de sonido. Contar una historia. Bucear en una gruta. Arrojar una bola de tierra mascada a la discoteca de la realidad. E incendiar momentáneamente el presente. Sin visos de trascendencia. De hecho, existe cierto halo de apocalipsis zombie en las cuatro rodajas siderales que lo componen que explica, en cierto modo, el que, aunque parezca mentira, el disco no me haya conducido al espacio, sino que me haya anclado los pies a la tierra. Como la ingestión de dos o tres trozos de sucia pizza. Puesto que lo visualizo y siento como la banda sonora de una película del cariz de Berberian Sound Studio o de las dirigidas por Dario Argento y John Carpenter. Música infecciosa para ilustrar la parálisis consumista. Exorcismos cotidianos. Terrorismo trashy. Y los miedos del ciudadano medio europeo. Ideal para ser escuchada en los barrios bajos de Italia, en medio de la huerta (o ¿qué sé yo?; tal vez en ninguna parte) o para ilustrar las imágenes de un documental sobre el ocaso del sistema de bienestar donde se incida en que a pesar de sus constantes crisis, contracciones y estallidos, el presunto cadáver del capitalismo está más vivo que nunca. Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا

                           Ningún árbol crece hasta el cielo

sábado, 20 de agosto de 2016

Maldini

Probablemente, si su padre, Cesare Maldini, no hubiera sido una leyenda del A.C. Milan, Paolo Maldini hubiera trabajado como modelo de una marca de ropa o automóviles o en caso contrario, y de no tener los contactos adecuados, se hubiera convertido en uno de esos cansinos vividores a los que Federico Fellini retrató en sus filmes. O quién sabe. Tal vez uno de esos gigolós que tantos suspiros provocan en las turistas extranjeras en medio de viajes de estudios a Sicilia, Venecia o Milán. Algo que ahora, tras haberlo visto descifrando los amagues y movimientos de los más temibles delanteros y completando un impresionante palmarés, parece desde luego improbable. Pues Paolo Maldini era de uno esos escasos hombres nacidos para el fútbol. Sin los cuales no se entiende este deporte.  Dado que a su incuestionable talento, unía una capacidad de sacrificio impresionante. Un cuidado por todos los detalles del juego -estudio de los rivales, colocación, táctica, alimentación y actitud mental- que le permitieron alargar su carrera deportiva hasta prácticamente los cuarenta años, dejando además un inmenso vacío en el club de su vida -el A.C. Milan- que todavía no ha sido llenado. Porque Paolo Maldini representa ante todo, el sacrificio. Las nupcias de Roma y Esparta. El placer y el rigor. La imaginación desbordante del obrero. Tanto que consiguió convertirse en uno de escasos defensas que consiguen dotar de glamour a su puesto. Demostrando a un mundo obsesionado o bien por los resultados o bien por el juego de ataque, que defender no era sólo una actitud o una táctica sino un arte por momentos preciosista. Renacentista. Sumamente estratégico. Pura belleza. Y que ciertos peones podían con inteligencia convertirse en caballos, torres e incluso reyes. Transformarse en una pieza decisiva, capaz de sostener a sus espaldas mecanos perfectos como el Milan de Arrigo Sacchi y el de Fabio Capello o incluso el de Carlo Ancelotti; antiguo compañero suyo en los terrenos de juego. 
En realidad, este playboy fiel a una sola mujer y club, es la prueba de que hay soldados que pueden convertirse en generales. Y adiestrar con su ejemplo a nuevos gladiadores como Carles Puyol -tal vez el mejor defensa aparecido tras él- que desde luego aprendió muchísimo de Paolo Maldini y siempre lo tuvo como un referente indiscutible. Un logro que consiguió no tanto por su exuberancia técnica sino por su pasión por defender. Su capacidad de sacrificio que unido a un imponente físico, le convertían en una barrera imposible de superar. Un muro en medio o a las esquinas del área contraria al que tan sólo Ronaldo y Maradona consiguieron realmente inquietar. Poner un poco nervioso. Hacerlo apretar los dientes y preguntarse por unos instantes cómo detenerlos. Fue colocarse por ejemplo delante de aquellos Míchel o Butragueño que, a finales de los ochenta, se paseaban en góndola por la Liga española y realizaban un juego trenzado a tirabuzones tan vistoso como inapelable, para que ambos comenzaran a pensar por primera vez en su retirada. Recuerdo bien aquellos enfrentamientos entre el Milan y el Madrid en la antigua Copa de Europa. Los rostros de incredulidad y sobre todo, impotencia de los dos astros del fútbol español. Sus soplidos. Su sensación de vacío. La impresión de ser juveniles intentando regatear a un adulto. Y la sensación de haber fracasado absolutamente tal vez por primera vez en su carrera deportiva. Algo que este guerrero del área también logró hacer con Romario y Stoichkov e innumerables delanteros más, que sabían que, cuando se enfrentaban al A.C. Milan, el problema no era a veces tanto defenderse de Van Basten, Rudd Gullit o George Weah sino conseguir desbordar aunque fuera unos pocos metros a ese intenso lateral capaz de seguirlos a todas partes y anticiparse a sus pensamientos. A cualquiera de sus movimientos. 
Estoy convencido de que Paolo Maldini es uno de los defensas que en mayor número de ocasiones, ha conseguido fulminar el ego de futbolistas envalentonados. Mostrándoles que el fútbol es tanto desequilibrio y genialidad como orden y constancia. Seguramente, porque en su persona se reunían varias circunstancias muy favorables que consiguieron hacer de él uno de esos campeones que tanto se aman y respetan en Italia: mamó el fútbol de primer nivel desde pequeño en su hogar, se educó en el país que más importancia y sesudos estudios ha dedicado a comprender y analizar las estrategias defensivas y además, tuvo como compañero de batallas tanto en su club como en la selección italiana a otro baluarte inolvidable: Franco Baresi. Un visionario de su posición, central, que supo aconsejarlo, protegerlo y limar sus escasas carencias. Muy escasas, teniendo en cuenta que desde su debut, Maldini ya tenía talante y temple de veterano. Sabía instintivamente ocupar el lugar exacto en el campo para torpedear el avance enemigo, correr cuando era necesario o replegarse sin apenas dejar huecos vacíos y además, prácticamente no cometía faltas. No era un jugador sucio. Lo que si, repito, lo unimos a una vida muy ordenada de la que se desconocen escándalos además de un carácter plácido y respetuoso, explica el porqué de su trascendencia y longevidad como jugador y su aparición en algunos de los mejores once de la historia del fútbol.
Por lo general, los astros del fútbol son los centrocampistas o delanteros. Y por ello, no es habitual considerar a Maldini una figura. Pero desde luego, es difícil negar que su carrera futbolística representa un momento trascendente de este deporte. Un referente a estudiar y valorar. Mucho, muchísimo más que por ejemplo la de Fabio Cannavaro. Porque fue capaz de destacar y hasta de impresionar y maravillar en medio de un territorio repleto de vallas y espinas. Un barco de esclavos condenados a remar hasta la muerte que el convirtió en un velero liberador. Consiguiendo algo que parecía imposible: demostrar que defender no es sólo cuestión de oficio sino que además, puede ser la faceta más divertida del juego. Un milagro de eficacia estratégica en medio de la mediocridad de saques de banda, largos despejes y pases mal dados en que se convierte tantas veces el denostado juego defensivo, que en los pies y cabeza de Paolo Maldini pasó de ser un vicio destructivo a convertirse en un fino menú de sibaritas. Pura destreza. La guerra hecha por un dandy capaz de arrojarse al barro con más fiereza y vigor que los esclavos y plebeyos. Una mezcla entre un conde italiano vengativo y furioso y un dios ágil del Olimpo siempre sonriente. Un elegante centurión con la espada ensangrentada tras una larga campaña de conquistas por el mar Adriático, Egeo y los vastos bosques del Occidente profundo. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

Un mal remero culpa al remo.

jueves, 18 de agosto de 2016

Marienbad

Leyendo Marienbad eléctrico me doy cuenta de que la escritura de Enrique Vila-Matas sólo ha tenido un objetivo y una temática desde sus orígenes: explorar por todos los medios posibles qué es la literatura. Pregunta que, por otro lado, nunca llega a responder. Seguramente porque lo que le interesa realmente es indagar en ella. En ocasiones, se interroga sobre el arte, en algunas, acerca de lo que es no escribir y dependiendo de su estado de ánimo o filias temporales, surgen un sin fin de cuestiones más: qué es escribir como un escritor francés, qué es escribir en Irlanda y hasta qué es escribir sin tener nada que decir ni ganas de hacerlo. Básicamente, porque entiendo que sabe que es imposible formular una respuesta cabal tanto a la pregunta madre como al resto que se derivan de ella. Y es así como estructura sus libros. Allí y aquí. Como una digresión continua fundamentada sobre una ficción. O una ilusión: la posibilidad de apresar la literatura (como si fuera un animal) en su texto. Por lo que cada una de las citas de otros escritores que aparecen en sus novelas aludiendo, mencionando e interrogando a la literatura como si fuera un fantasma o una inquietante "presencia" viva, no son tanto puertos, tomas de tierra, sino disparaderos, puntos de fuga que permiten que la narración continúe desplazándose. Avanzando sin un rumbo fijo. Que es lo que tal vez es la literatura para el escritor catalán: un paso tembloroso. Un abismo. Avanzar hacia todos los destinos posibles -arriba, abajo, derecha, izquierda- sin necesidad de mover los pies. Acaso desde esa habitación única, espacio cerrado a la que se refiere en Marienbad eléctrico: "El   lugar donde   Hölderlin   alcanzó   la   locura, donde Juan Carlos Onetti meditó sobre el mundo y decidió que era mejor no salir más de la cama, y donde Emily Dickinson se recluyó con sus mil setecientos poemas, pero a la vez  el   sitio   donde   Vermeer conoció  la   experiencia   de   la  plenitud   y   de   la independencia del momento presente".
Si tuviera que definir la literatura de Vila-Matas lo haría así: imaginando una página llena de espacios vacíos y líneas que se desplazan horizontal, vertical, diagonalmente, formando figuras geométricas familiares y desconocidas. Un galimatías inconexo que nos lleva a preguntarnos qué estamos leyendo. A consultar nuevos libros que nos aclaran algunas frases del texto inicial que no obstante, continúa modificándose, moviéndose y presentando nuevas formas, sentidos y significados. Allí y aquí. Como una esfera rodando por el mundo en crisis de la cultura. O los ávidos ojos de un lector que disfruta más de las pausas que del viaje, de los libros desplazados que de los centrales, y de las anécdotas que de los argumentos. Razón por la que pienso que sus textos no han sido escritos para ser leídos sino para ser releídos. Y si no se los relee, no se los puede leer. Conocer. No es posible decir que se los ha leído. Allí y aquí. Como tampoco es posible dotarles de un significado que no poseen. Se niegan a decir. Allí y aquí. Ante todo, porque su único objetivo es mostrar cómo la literatura desaparece y se manifiesta constantemente. Se ilumina y oscurece, enciende y apaga en medio de de los pasillos de un extraño castillo cuya biblioteca se encuentra vacía. Y en cuyos jardines se encuentran hombres solitarios vagando en torno a los destellos de una luz -la escritura difuminándose- que les trae recuerdos, memorias de otras vidas. Otros lugares a los que no podrán ya ir. Remembranzas de paisajes, amantes y atardaceres descritos con saña y dolor por Claudio Magris, Georges Pérec o Marguerite Duras en algunos de sus libros entre extensos pasajes sobre el paso del tiempo, la amistad y el ocaso. La certeza del final. Ese fin que para Vila-Matas no es nunca un destino trágico sino el comienzo de toda aventura. Básicamente, porque tanto la vida como la literatura son para él un pasatiempo. No se las toma demasiado en serio. Y es así que consigue darles su verdadero realce. Trascender. 

Creo que Vila-Matas no se pone nunca por encima ni por debajo de su lector. Pero tampoco es su cómplice. Más bien, trata de ser su amigo a distancia. Allí. Compartir cosas, asombros, destellos, lecturas, desde su rincón. Y aquí. Como si estuviera enviando cartas. O resolviendo crucigramas en los descansos de una batalla en el frente. Y desde luego que no es un apocalíptico. No le interesa cuál fue el primer libro. O el último. Ni tampoco las bibliotecas bien ordenadas. Le fascina más bien ver a los libros caerse. Moverse. Observarlos desaparecer. Pero no destruirse. Allí. Desparramados por habitaciones vacías, volviéndose invisibles. Y aquí. Asistir en primera fila al momento en que comienzan a salir de su lugar fijado durante años.  Convertirse en silencios. Rayos de luz. Caóticos márgenes que destrozan la literatura y la vuelven a recomponer como si fuera de plástico. O como si fuera esa solitaria habitación sin paredes ni techo ni suelo que conduce al personaje principal (que seguramente no sea sino una encarnación de la literatura) de Marienbad eléctrico a pensar "en un museo de una sola pintura que nos invita a imaginar otras pinturas posibles. Sí, pero sobre todo nos conduce a entrar de verdad en una obra". 




Ignoro por otro lado, cuál sea esa obra a la que se refiere. Si es una obra cualquiera o acaso aquel libro en el que estaría contenida toda la literatura escrita y por escribir que soñaron radiografiar los surrealistas. También desconozco si es posible concebir una obra en soledad. Alejada. En Marienbad eléctrico, Vila-Matas habla de una instalación de lugares intercomunicados aunque aparentemente aislados. Una bonita forma de definir la literatura. Allí. Como un espacio abierto, claro. Y aquí. Pero también, en cierto sentido, cerrado. Una mujer que nunca termina de darse. Acaso el oscuro objeto de deseo de Buñuel. Un imposible. Algo, un puñado de tierra, un trozo de papel que se encuentra allí y aquí pero no está ni allí ni aquí cuando vamos allí y aquí. Haciéndonos dudar de todo. Allí y aquí. Sobre todo, del arte. Que probablemente no exista. Al igual que la leve anécdota que sostiene la película de Alain Resnais, El último verano en Mariebad. O todas aquellas historias de las que Vila-Matas ha hablado en sus novelas: la prueba fehaciente de que la literatura es verdad porque todo lo que cuenta no es real. Y de que se mantiene viva por los escritores sin motivo ni sentido que saben que ya está todo dicho. No queda nada que contar. Y no merece tan siquiera la pena intentarlo. Pues dejar ir, abandonar, es la única manera de tenerlo todo. Allí y aquí. Y al fin y al cabo, la literatura es un fantasma. Unas sábanas que se deshacen en cuanto creemos que al fin podremos tocarlas con nuestras manos. Sobre las cuales por tanto no importa lo que digamos. Acaso únicamente -y esto sólo un poco- cómo lo hagamos. Allí y aquí. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

     Raramente hay una única ola

martes, 16 de agosto de 2016

Niño monstruo

Ray Harryhausen me recuerda a H.P. Lovecraft. De alguna forma, concibo sus monstruos como un reverso (simpático) de los Antiguos. Aunque en este caso, diría que no pertenecen al más allá sino al más acá. No establecen puentes con firmamentos desconocidos sino con universos mucho más cotidianos. Pues pienso que en parte -sólo en parte- son producto y resultado de décadas de optimismo (o más bien, expansión) capitalista frente a las creaciones de Lovecraft, surgidas del insconciente profundo para exorcizar las amenazantes visiones de los primeros rascacielos. Obviamente, habría que precisar mucho más de lo que lo hago estos conceptos. Pero entiendo que bastan como una primera aproximación a esas mágicas creaciones del productor norteamericano, capaces de conseguir extraer sonrisas en medio de situaciones trágicas y apocalípticas. Básicamente, porque Harryhausen se encontraba enamorado de ellas. Es más, creo que se reconocía en los monstruos. Y que existía una parte de sí mismo en cada uno de estos amenazantes seres, al contrario que Lovecraft, mucho más apático, que ni los admiraba ni rechazaba. Era absolutamente indiferente hacia esas efigies de la eternidad como esos vampiros reptiles lo eran hacia un mundo del que absorbían sus energías y en el que provocaban terror con su mera presencia. Sin necesidad de forzar límites y fronteras. Algo que pienso que no ocurre en absoluto con Harryhausen. Pues, en realidad, contemplando sus monstruos, muchas veces tenemos ganas de reír porque son capaces desde su enormidad, de tocarnos fibras sensibles infantiles. Se encuentran diseñados con tanto mimo, exclusividad y cariño por parte de su creador -a pesar de sus errores-, que es inevitable que nos extraigan gestos de asombro, un regocijo absolutamente hedonista entremezclado de nostalgia e ilusión.
Aunque pueda parecer que deliro, encuentro conexiones entre los enormes, colosales monstruos de Harryhausen y los gigantescos senos de las heroínas de los films de Russ Meyer. O más que nada, entre el punto de vista desde el que ambos visualizan lo grotesco y lo exagerado. Convirtiendo la monstruosidad en belleza. La enormidad en cotidiana normalidad. Y la exuberancia en erotismo, como un reflejo del amplio y extenso del territorio del país norteamericano que, tras la Segunda Guerra Mundial, era necesario terminar de reapropiarse. Transformando sus enormes espacios aun sin civilizar en monstruos cariñosos, voluptuosos senos apetecibles, que es lo que tanto Harryhausen y Russ Meyer, cada uno a su manera, consiguieron con sus deliciosas creaciones.
De hecho, creo que para Harryhausen, (como para Russ Meyer los senos en el plano sexual), los monstruos ocupaban un espacio que sin su feroz presencia, hubiera generado aún más angustia y sensación de vacío. Los monstruos eran el enemigo necesario y el elemento que restaba para dar sentido al consumismo y a la colonización final -implantación absoluta del capitalismo- de América. Una encarnación de los miedos que más que a acrecentarlos, venía a disolverlos, disiparlos. Y, a su vez, una metáfora del progresivo avance del capitalismo sentido tanto como fuerza monstruosa imparable e irrenunciable como potencia amiga, capaz de lograr que todos y cada uno de los deseos humanos fueran satisfechos. Y en este sentido -y de ahí el aspecto encantador de muchas de sus figuras- los monstruos, dioses y espíritus diseñados de Harryhausen tenían una función clara: lograr que el inconsciente se familiarizara e incluso se enamorara de sus temores. Mamara de la gran teta surgida de la madre tierra americana, para terminar de afrontar la implantación de la ideología capitalista en las fronteras conquistadas hace siglos. Permitiendo de paso afrontar otro de esos temores -el miedo al "otro"; comunismo, invasión extratarrestre- que tras la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a brotar como pus en el rostro de un adolescente en el interior de la psique social del norteamericano medio. Y a la vez, tomar conciencia de la necesidad de colonizar el espacio exterior. Una empresa no muy distinta -vista a través del tamiz de Harryhausen- de lo que supuso para el hombre primitivo, sobrevivir, familiarizarse y controlar el mundo antiguo dominado por dinosaurios y abominables seres salvajes, o la búsqueda del Vellocino de Oro en la Antigua Hélade.
De todas formas, creo que la genialidad de Harryhausen no se halla exactamente aquí. Más que nada, porque lo dicho anteriormente sobre sus monstruos podría indicarse de otros tantos diseñados por Hollywood durante la explosión de la ciencia ficción o el género de terror. Sino que más bien radica en su mentalidad de sarcástico hombre de aventuras. En su sentido del humor. Lo que proporciona lucidez y ligereza a todos sus diseños. Un cierto aire excéntrico y disparatado además de humano. Básicamente, porque Harryhausen era consciente de que los monstruos siempre estarán aquí y allí. En este plano de la realidad (o el otro). Nunca, jamás se irán por un hecho esencial: porque habitan en nosotros. Nosotros somos ellos y ellos son nosotros. Lo que hacía que fuera capaz de personalizar cada uno de sus diseños. Individualizarlos, dotándoles de "aura", magnetismo, vida y unos rasgos propios que, a pesar de su sangrienta actitud y comportamiento, permitían identificarlos como seres con un alma y personalidad propia. De hecho, creo que esa es la esencia de sus monstruos: su intransferible y explosiva personalidad. Un carácter hierático y flexible que, aun y a pesar de su crudeza y bestialidad, reflejaba cierta sensibilidad y sentimientos. Por lo general, eso sí, extremos. Ocurre que como además, Harryhausen era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que Norteamérica no ejercía únicamente el papel en el mundo contemporáneo de héroe sino también, efectivamente, de monstruo para muchas otras naciones y quién sabe si también para civilizaciones desconocidas, sus creaciones reflejan también esa locura esquizofrénica de la sociedad actual. Pero también la lástima y la tristeza. La gigantesca sinrazón, con tal inocencia que es difícil no enamorarse de ellas, como él cayó cautivado de King Kong en su infancia y el enorme gorila lo hizo de una mujer. Sus monstruos, de hecho, son manifestaciones de supervivencia salvaje pero también de la pureza que anida en el corazón de las bestias. Una prueba de que el animal es posiblemente más humano que el hombre. Aunque posiblemente no más astuto y sagaz ni retorcido. Puesto que la perversión va de la mano de la civilización.
En realidad, Harryhausen es el comienzo de humanización (o colonización) del universo desconocido. El preludio de esos planetas habitados por seres de las más distintas especies que aparecen en Star Wars. Y también la estilización de la serie B y Disney. La mirada adulta e inocente al lado oscuro de las fantasías creadas en Hollywood. Y el puente entre aquellas fantasías urdidas por Robert. E. Howard situadas en tiempos pretéritos e islas misteriosas y las actuales distopías sin sentido. Representa un tiempo en que todavía los malvados tenían nombre y el capitalismo poseía un relato. Necesitaba de héroes (seres humanos en definitiva) que enfrentasen situaciones hoscas para implantarse y no se encontraba sumergido en las continuas implosiones y explosiones económicas actuales que paralizan su avance y son en el fondo reflejo de una decadencia que únicamente posee un proyecto ilusionante: la llegada del fin absoluto que implique la renovación total. El retorno a los monstruosos tiempos del origen. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ


La necesidad enseña a las mujeres desnudas a hilar

domingo, 14 de agosto de 2016

Electricidad revisitada

No me ha resultado extraño que el libro de Edi Clavo (batería de Gabinete Caligari) Electricidad revisitada sea una visión muy certera sobre el rock español. Casi una precisa radiografía de su evolución y desarrollo. Además de una verónica de Curro Romero en blanco y negro. Gabinete Caligari nunca fue un grupo adolescente. Jamás vivió la arritmia de los celos, primeros besos e inseguridades. Siempre -incluso en sus inicios- fueron adultos. Casi maduros. Niños de veintitantos años con la mente de hombres de cuarenta o cincuenta. Marineros recién salidos de un arponero yendo a tomar vinos por una ciudad antigua. Y resulta lógico que aproximándose a la sexta década de vida, uno de sus componentes haya conseguido crear un texto con vocación de retrato generacional. El cruce exacto entre la visión oficial y la alternativa. Un testimonio directo y afilado, sobre la época multicolor. Cine expresionista y antiguos documentales de Dylan proyectados en las paredes de una multitudinaria discoteca.
Ocurre también que los baterías suelen encontrarse al fondo del escenario. Situados en un lugar desde donde pueden visualizar la espalda de los componentes del resto del grupo. Esto es; además de actores, son en gran medida observadores. Y pueden extraer conclusiones globales bastante certeras. Más cercanas a la "viva" objetividad que las de los críticos -demasiados prejuicios e investigación detrás de ellos- y las de los cantantes o guitarristas que por lo general, al ser el foco de interés, ponen el acento más en aquello que les sucedió a ellos que en lo que realmente estaba ocurriendo. Algo también habitual con escritores que tal vez por un exceso de sensibilidad, tienden a magnificar cualquier suceso en donde se ven envueltos. Acontecimientos que sublimados pueden transformarse en arte pero circunscritos al marco biográfico, probablemente carezcan de interés. Sean carnaza de bar. Anecdotario sin interés. Ego suelto sin riendas. Todo lo contrario de lo que ocurre con el texto urdido por este licenciado en arte. Una resaca bien digerida. Una corbata precisamente ajustada a la camisa. Un pantalón con la raya en medio claramente definida. Y casi un crudo y contenido retrato de García-Alix. En definitiva, una revisión muy centrada y ajustada de su trasiego en el mundo de la música en simbiosis con varios de los conciertos a los que asistió como público y, por un motivo u otro, marcaron su vida y, en cierto modo, definieron una época.  

Las virtudes de Electricidad revisitada son muchas. Pues posee múltiples y complementarias lecturas. En primer lugar, es una biografía muy completa de Gabinete Caligari que explica detalles y datos importantes: su formación e influencias, las sesiones fotográficas de las portadas de sus discos, el estado de gracia al grabar Cuatro Rosas, la decepción por no haber podido alcanzar el austero y duro sonido pretendido en Privado, la asimilación del éxito con Camino Soria,  el papel de Phil Manzanera en su notable Cien mil vueltas, las desastrosas sesiones de grabación de Gabinetissimo en Inglaterra, los cambios de compañía finales, las últimas frustraciones y como consecuencia del olvido y el desinterés, la separación de un grupo cuya propuesta como la de tantos otros -Radio Futura, Golpes Bajos, Nacha Pop- había dejado de tener sentido en los 90 entre el narcótico del indie y el neoliberalismo salvaje. En segundo lugar, también es una visión del rock muy personal de Clavo: su fascinación (como la de tantos jóvenes de la época) por la escena londinense de principios de los 80, su perenne simpatía -a pesar de los sinsabores- por los Stones, la locura Ramones, el respeto por ciertas leyendas -Steve Marriott, Neil Young, Joe Strummer-, la atracción morbosa por Siouxie and the Banshes, el rechazo al indie,  y una cierta reconciliación con la música de cuyos brebajes se ha alimentado hasta ahora -esa tesis de doctorado centrada en las portadas de discos-, a través de White Stripes. Y por último, y tercer lugar, es un retrato muy pormenorizado -a veces en primer plano y otras, en segundo- de la evolución del pop y el rock español desde el fin del franquismo hasta comienzos del siglo XXI. Pues por sus páginas desfilan incisivas reflexiones y anécdotas sobre Burning -¿ha descrito alguien mejor que Edi un concierto de los madrileños?- el Rock-Ola, Christina Rosenvinge, José Carlos Molina, Héroes del Silencio, Malevaje, Javier Corcobado, Andrés Calamaro, Alaska o los tradicionales vacíos y desencuentros entre el público latinoamericano y los músicos españoles. Permitiendo además, dejar entrever al lector atento -sin necesidad de explicarlo- cómo y porqué la política española y el rock patrio forjaron un matrimonio de conveniencia durante unos intensos años en que no dudaron en aprovecharse mutuamente el uno del otro para conseguir sus objetivos: en el caso de la política, dar una imagen de apertura y modernidad del país a medida que se desactivaban focos de resistencia social y en el caso del rock, alcanzar el éxito masivo. Vivir la gloria y sus consecuencias -groupies, drogas, dinero, fama- sin temor a censuras ni absurdas rigideces. 
Lo cierto es que termina uno de leer Electricidad revisitada y comprende perfectamente porqué -recurriendo de nuevo a la absurda polémica que los rodeó desde sus inicios- Gabinete Caligari fue un grupo "fascista". Puesto que no hay una sola errata en el texto. Y si la hubiera, estoy convencido de que sería elegante. Porque Edi escribe como un señor. Con una prosa contenida pero sumamente descriptiva. A medio camino del ensayista y el biógrafo, el periodista y el fan, el motero y el dandy. Prestando atención a los detalles y tonos de la escritura, al fondo de la escena, como si fuera un productor preocupado porque el disco suene exactamente como desea. Que en esta caso, sí, es prácticamente como una crónica dylaniana. O cualquiera de aquellos castizos discos de Gabinete Caligari donde entre rememoraciones de bares y restaurantes madrileños, poemas de Machado, cigarrillos Ducados, pasodobles taurinos, canciones de los Chichos, fotos del As y posters de Penthouse arremolinados en talleres mecánicos, se escuchaban los filtros de sinuosas melodías siniestras. Blues y folk de tintes telúricos y aires orgullosos, destrozando como tijeras sangrientas la portada del ABC. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

El hombre sin barco se encuentra atado a la tierra

viernes, 12 de agosto de 2016

Trance

Aunque disfruto y acostumbro a leer muchos libros centrados en la actualidad o el pasado cercano -me encuentro estos días por ejemplo gozando con Al límite de Thomas Pynchon- por lo general me cuesta referirme a personas y hechos del presente en mis novelas. En realidad, siempre lo estoy haciendo pero para profundizar en el "ahora" necesito de relatos orientales, hechiceros, castillos medievales y piratas. Más que nada, porque no me interesa retratar la realidad sino sublimarla. Crear metáforas aparentemente alejadas del mundo actual que sin embargo capten e indaguen en su "malévola" esencia. Y para conseguir este objetivo, por lo general, suelo escuchar música cuanto más esquizoide o demodé mejor.Y si es posible, por supuesto, anti-cool. Aniquiladora de la modernidad o algún gusto consensuado e impuesto. Por más que, por supuesto que a mí me guste mucho. Esto es; necesito escribir sincronizado con discos que tengo la seguridad que la mayoría de personas que conozco, ignoran y se encuentran lejos de su radio de actuación actualmente. No de todas, claro. Más que nada, porque es desde el alejamiento y el distanciamiento, escuchando acordes expulsados del trasiego cotidiano, sintiendo que estoy transitando un tiempo flotante que podría estar situado varios siglos o años atrás, que puedo escuchar mi voz personal. Concentrarme y  dejar planear mi escritura por personajes situados en el precipicio de varios tiempos y siglos. Encerrados en mansiones oscuras contemplados por los rostros deformes de los lienzos en que se encuentran retratados sus familiares. 
A este respecto, los cuatro discos de Scorpions grabados con Uli Roth (Fly to the raimbow, In trance, Virgin Killer y Taken by force) no fallan. Llevaba tiempo sin escucharlos pero una mención del líder de Opeth, Mikael Akerfeldt, como una influencia esencial en su carrera musical, me ha hecho volver a ellos. Más que nada para identificar puntos de contacto y simbiosis entre estas cuatro rocas del rock de los 70 y las odiseas diabólicas de la banda sueca. Y ante todo, porque me basta con escuchar la potente voz de Maine, las guitarras de Uli Roth y Rudolph Schenker sonando como ametralladoras de la era del rock progresivo o visualizar esas eróticas, transgresoras portadas a medio camino entre lo trashy y el erotismo de qualité, para salir de mí. Transportarme, endulzar mi día y dedicarme a escribir abstraído de todo aquello que me rodea pero al mismo tiempo, más intensa y lúcidamente sumergido en ese mundo del que cuanto más me evado, más me siento parte. Lo cierto es que los cuatro discos -gracias, sobre todo, a sus irregularidades- son una delicia. Una maravilla. Es posible escuchar en ellos, ecos del krautrock y la era hippie. Un deje progresivo que está perfectamente medido y contenido. Se encuentra presente y a la vez, opacado entre las constantes ráfagas de adrenalina emitidas por contundentes y veloces trallazos hard-rockeros. Medios tiempos experimentales de una sensibilidad muy acusada que ya anunciaban la posterior tendencia a las baladas de la banda germana. Y un aliento vanguardista que resulta muy difícil de explicar para quienes únicamente conozcan los Scorpions de los 80 y no se encuentren familiarizados con la guitarra de Uli Roth. Un músico con vocación de libertad, casi un gitano del rock, que me atrevo a decir que tocaba su guitarra como un saxofón. O un músico del jazz. Consiguiendo que en la mayoría de ocasiones, las composiciones se desarrollen de manera imprevisible. Posean partes que parezcan haber sido improvisadas. Sean el cruce perfecto entre Can, Jimmy Hendrix y el incipiente hard rock de los 70. Miles Davis tocando una macarrada en medio de Berlín o Hamburgo. Y una prueba de la libertad que anidaba en la música rock años atrás. O más bien, de los escasos prejuicios.
Realmente, aunque pudiera parecer lo contrario, ninguno de estos discos tiene un sonido añejo. Tampoco futurista, claro está. Pero sí que hay un aroma a "nuevo" y "vanguardia", o al menos un aliento ciertamente inexplicable por todos ellos. Son raros. Se encuentran a medio camino de todos los lugares. Y eso los hace magnéticos. Poseedores de una potente personalidad. De hecho, basta escucharlos una vez para tomar conciencia de un hecho que el paso del tiempo tal vez no haya permitido comprender o precisar con exactitud. Tradicionalmente, se considera el punk la música que acabó con el rock sinfónico. Pues bien, estos cuatro discos de Scorpions demuestran que, independientemente del eructo y el corte de mangas de los Sex Pistols, el hard rock que iba a convertirse con los años en heavy, speed y trash metal estaba empujando fuertemente para hallar nuevas formas de expresión intensas y veloces afines a una nueva sensibilidad más nihilista. Únicamente que, a diferencia del punk, el hard rock no lo hizo de golpe. En unos cuantos segundos. Al contrario, se tomó su tiempo para invadir las calles. De hecho, no las destrozó. Las llenó de ruidos y magia. Y no perdió la épica. No dejó de lado un lirismo y un respeto por el pasado que en la medida que se encontraba lo suficientemente cercano, permitía a los músicos dialogar con él, y producir discos "vivos", resbaladizos, auténticos experimentos sonoros como estos cuatro cuelgues rockeros de Scorpions. Una conversación entre el rock progresivo y el hard rock realizada en medio de territorios fronterizos e inusuales, de tal forma que no es difícil imaginárselos como banda sonora de un spaguetti western, una excursión juvenil a la playa o una incursión en un museo de arte contemporáneo.

Es inevitable pensar cómo hubieran evolucionado Scorpions de haber continuado con Uli Roth. Probablemente, sus discos no hubieran sido tan instantáneos. Se encontrarían llenos de desarrollos instrumentales. Un cruce entre lo que conocemos y el Neil Young más instintivo y psicodélico. Algo no necesariamente negativo. Porque son esas amplificaciones de las canciones, las que han conseguido que estos discos sean eternos. Continúen sorprendiendo cada vez que los escuchemos. Además de, claro, una producción visceral y meditada que consigue acercar, sí, por momentos el rock duro a la música disco. No tanto, claro, en cuanto a los resultados pero sí en la forma de tratar bajos y metales que suenan afilados y cortantes sin dañar. Como si estuvieran siendo grabados en medio de una discoteca repleta de fans de Grateful Dead, por salvajes, jóvenes rebeldes y soñadores, conscientes de que durante dos o tres décadas, no hubo nada, absolutamente nada más excitante que el rock. Y por tanto trataban a las canciones como a seres vivos. Romances que no se terminaban nunca. Ni siquiera cuando se prensaban definitivamente para su publicación. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Un libro destruido es un corazón que llora

martes, 9 de agosto de 2016

Penderecki

Lo extraordinario de la música compuesta por Krzystof Penderecki radica en que no importa cuán contenida sea, qué temática posea o motivos estructurales tenga, siempre parece anunciar un apocalipsis. Una revelación final. Escucha uno por ejemplo su Concierto para piano, Resurrección, (2002) y a pesar de encontrar múltiples pasajes suaves y equilibrados en comparación a lo habitual en las primeras composiciones del genio polaco, se tiene la sensación de rozar un límite cortante. Navegar por un negro mar cuyas arenas se encuentran llenas de cuchillos. En esta pieza, por ejemplo, hay pasajes que rememoran a Frédéric Chopin, Serguéi Rachmaninov o incluso al impresionismo y a Richard Wagner pero son tan breves que el reposo que proporcionan acaba produciendo nerviosismo. No són más que pausas entre abismos. Básicamente, porque cuando Krzystof Penderecki cita a Richard Wagner o a otro músico anterior -y lo hace constantemente- no es más que por un muy corto espacio de tiempo. Apenas nos estamos reencontrando con unas melodías y motivos familiares cuando la música ya está avanzando rápida, vertiginosamente -a veces furiosa, otras levemente- hacia otro lugar. Un nuevo límite. De hecho, y un ejemplo es este concierto, a veces pareciera que Krzystof Penderecki samplea. Por más que su extraordinario talento no necesita de grabaciones incrustadas en medio de su discurso musical. Su diabólica y fluctuante genialidad le permite cruzar de un lado a otro del tablero artístico fluidamente. Dialogar con algunos de los más grandes creadores de la historia musical, incrustando cromatismos, realizando distorsiones sonoras, continuos juegos atonales en medio de mares melódicos calmados y furiosos y  el acostumbrado ataque de hirientes violonchelos y agudos violines que semejan caóticos desordenes psicóticos, violentas crisis existenciales. Y desde luego, son casi un sello para señalar el inquietante discurrir del mundo contemporáneo. Su constante disolución y falta de certezas que aboga a los seres humanos a la angustia absoluta.

Krzystof Penderecki es la vertiente oscura de la maldad. Una aguja punzante clavada en las composiciones de Bernard Hermann. El fin después del fin. El atardecer en que el expresionismo se juntó con el serialismo y la música atonal (o experimental). Pensamientos de personajes retratados por Egon Schiele, Roman Polanski y  Andrzej Zulawski convertidos en notas musicales. Una visceral ruta por la esquizofrenia. Y una advertencia de la condena que pesa sobre Occidente. De que su decadencia y ocaso no es un augurio lejano sino inminente, y que esa es precisamente la razón de ser de su tormentoso devenir: que el anuncio de su fin es siempre promesa y siempre inminente. Absolutamente inminente. Pero nunca termina de ocurrir. Krzystof Penderecki es la búsqueda de la religiosidad en medio de edificios fríos como el hielo y un baile de cifras inhumano. El Arca de Noé de la globalización. Una caminata por una ciudad en cuyas iglesias las Biblias se encuentran mutiladas y apenas podemos reconstruir la vida de Cristo por una serie de páginas descuartizadas con tanta saña como el compositor ordena que sean tocados sus instrumentos. Violines que parecen hachas, incisiones en las entrañas de un mundo en que al menos queda aún un misterio al que lenta y ásperamente unas veces, y otras agarrándonos con una mano llena de espinas, nos conduce su música: cómo y de qué manera se producirá la destrucción última. Qué sentiremos cuando el nihilismo no sea una filosofía sino un acontecimiento. 
Krzystof Penderecki le dice no sin nostalgia a Richard Wagner, que ha de callar. O más bien, que su discurso y mensaje es ya ininteligible. A Bela Bartok y Dimitri Shostakovich que debieron de ser aún más extremos. Y a los románticos que aún agradeciendo y valorando su entusiasmo, su euforia y rabia están fuera de lugar.  Sin embargo, percibo en las entrañas de su arte, una mano abierta hacia Arnold Schoenberg y Olivier Messiaen. Porque entiendo que, como ellos, intuye que hoy en día, únicamente es posible imponer la alegría desde la destrucción; penetrando en los agujeros negros. De hecho, sus composiciones no son tanto viajes al exilio sino incursiones en la mente y espíritu de los muertos (o más bien, heridos) en tierra extraña. Y en la psique de los asesinos. Metales afónicos resplandeciendo en una niebla intelectual, reflejo de la miseria humana y el agotamiento de cualquier valor. El mercado como asesino de Cristo y el neoliberalismo como su torturador. 
Escuchar a Krzystof Penderecki supone adentrarse en un cielo extraño sobre el que aún no se han creado las palabras justas para definirlo. Un mundo del que han desaparecido satélites y estrellas. Y también supone familiarizarse con la voluntad de exterminio del poder. Pero hacerlo tanto en situaciones extremas  -Hiroshima- como en confortables -el mundo del consumo-. Territorios a punto siempre de quebrarse, fracturarse. Ponerle voz a Yahvé y a cualquier teodicea, y música a cualquier discurso o monólogo proferido por un personaje de Thomas Bernhard. Y también penetrar en los crujidos psíquicos  del capitalismo. En las afueras y su centro. Los manicomios y la bolsa. Las entrañas de las bombas y metralletas. Y sus fracturas mentales. Creo, sí, que la música de Krzystof Penderecki es un espejo donde se reflejan los espectros del mundo vacío. Las risas de las computadoras y la frialdad y perversión lunares. Un reino que atemoriza más por sus silencios que por sus ruidos atronadores, en cuyos jardines industriales se balancean ángeles sonrientes portando en sus manos puñales de acero que, aun y a pesar de los gritos de los seres humanos, nunca utilizan contra ellos. Porque finalmente comprenden que la verdadera desgracia y tortura es dejarnos vivos. No despellejarnos. Mensaje que es el que, en última instancia, -como ya apunté anteriormente- recibo de los desasosegantes, esquivos y vertiginosos acordes de tantas de las composiciones de Krzystof Penderecki: que el infierno actual radica no tanto en la certeza de la catástrofe final sino en la promesa de que ocurrirá inminentemente (sin que termine de suceder). Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا


Los efímeros se ocupan en sacudir durante días las ramas de árboles gigantescos

lunes, 8 de agosto de 2016

Diablo

¿Es necesario contemplar una obra tal y como fue concebida por su autor para disfrutarla? ¿Es necesario incluso entenderla para gozarla? En mi opinión, no. Y si por lo general ocurre que la respuesta es afirmativa no es más, según mi punto de vista, que porque el intelecto ha acabado dominando el arte. Implantando su control como una especie de superyo intolerante que se opone a un goce que no sea elaborado, dirigido e insinuado previamente. Obviamente, yo también creo que son mucho mas disfrutables Nymphomaniac, La puerta del cielo o El nuevo mundo si contemplamos las versiones originales que sus directores rodaron. Pero no me refiero precisamente a esto sino a que demasiadas veces estamos constreñidos por una sola manera de ver el arte o disfrutarlo. Lo que nos hace perder nuevas posibilidades. Pondré un ejemplo de ayer mismo. Para escribir Los puercos he realizado una selección sumamente cuidadosa de lecturas y films que voy degustando durante los descansos de mi trabajo. Todas estas obras están conectadas de alguna manera instintiva con la novela que deseo hacer. Algunas veces veo varias secuencias de una película o leo varias páginas de Thomas Bernhard, Elfriede Jelinek o Brohumil Hrabal para agarrar el tono entre desalmado y sarcástico que necesito. Para Los puercos en concreto, el menú cinematográfico incluye varias obras de Bela Tarr, Walerian Borowczyk, Aleksey German, Roman Polanski y desde luego, lo que ha sido una costumbre durante la escritura de esta trilogía, una de Andrzej Zulawski. En este caso concreto, El diablo
Ocurre que por algún motivo, no he podido encontrar unos subtítulos adecuados para visualizarla -todos entraban a destiempo- pero me atraían tanto sus imágenes que ayer no lo pensé más y comencé a verla sin comprender -claro está- una sola palabra. Algo ciertamente frustrante pero que, a los pocos minutos, consiguió crear un estado de relajación en mi cerebro muy atractivo para visualizar esta obra de arte cuyos diálogos debía imaginarme. Lo que la hacía más frenética y fantasmagórica de lo que ya es. No quiero que se me malinterprete. La banda sonora de El diablo fue compuesta por Andrzej Korzynski. Y yo amo a Andrzej Korzynski. El tema central de Possession ha sido parte esencial de mi vida. Y no imagino ni escribir ni leer El jardinero con otro tema que no sea el inquietante "The night The Screaming Stops". Y desde luego, que esos sonidos partidos, estrujados, esos saxos escindidos de cualquier fondo sonoro que parecen gritos de insectos o puertas enrobinadas y que forman parte del soundtrack de El diablo, me fascinan. Pero dado que no podía terminar de comprender lo que estaba viendo en la pantalla y hacía varios días que había aparecido el nuevo single de Opeth, "Sorceress", decidí escuchar el primer adelanto del homenaje a la brujería de la banda sueca en sintonía con las imágenes de Zulawski y.. buff... la magia se produjo. Desde el primer momento que empezaron a sonar los ecos fundidos, aplastados del bajo introduciendo un riff de guitarra que además de rememorar a Black Sabbath trae consigo remotos hilos de viejos conjuros de hechicería, existió una sincronización perfecta entre la película y el martillo sonoro nórdico. Hasta el punto de que me vi absorbido por ambos de una manera absolutamente inesperada y o bien con ayuda de este nuevo tema o el de otros añejos contenidos en Still life, ya no me moví de enfrente de la pantalla. De hecho, los tradicionales gritos histéricos de los personajes de Zulawski, los asesinatos, violaciones, incestos, carnavales, entierros, bailes teatrales que veía ante mí cobraban una nueva dimensión y profundidad sin saber exactamente a qué se referían o porqué sucedían. Pues se encontraban perfectamente conjuntados con unos flecos musicales que les concedían profundidad y expandían su sentido de tal forma que parecieran haber sido compuestos secretamente, a lo largo del tiempo, para este momento. Para que la pantalla se desdoblara y los campos y castillos retratados, los rostros de locos inmundos se quebraran junto a los compases de guitarras frenéticas, extraídas de algún cuento gótico repleto de esquizofrenia. Ese film sobre el aturdimiento alejado de cualquier coordenada temporal que me hacía gozar satisfecho, atrapado por las delirantes secuencias que tenía ante mí, y el constante rugir de una música atronadora que traducía perfectamente el rumor producido por las mentes y cuerpos destrozados de los personajes de Zulawski. La silueta de una Polonia derruida y traicionera en donde tras cada árbol se esconde un asesino acompañado de un lobo y una prostituta.
¿Podría resumir lo que vi? ¿Podría definirlo? ¿Indicar el argumento con claridad? Sinceramente no. Pero ¿a alguien le importa? Después de dos horas de intensos contrastes e inesperados diálogos artísticos, creo que viví una experiencia. Descubrí otra frontera. Un territorio inesperado. Y que tal vez comprendí instintivamente el film de Zulawski mejor que si lo hubiera contemplado según el método tradicional. De hecho, una hora después descubrí que alguien, hacía años, lo había colgado en youtube con los subtítulos adecuados. Y sí, comencé a visualizarlo de nuevo pero no, noooo, nada que ver. En ningún caso, la experiencia fue satisfactoria. Mucho más interesantes la sugerencia y la duda que la claridad. Y mucho más revelador, catártico y personal concebir "otro mundo" en el que Opeth y Zulawski trabajaron juntos que no éste en que probablemente nunca cruzaron sus caminos y tal vez ni siquiera conocían sus creaciones respectivamente. ¡A la mierda el arte ya trazado! Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ


Si al toro se le agarra por los cuernos, al ser humano por la lengua.

sábado, 6 de agosto de 2016

Deseo

Leía esta tarde un breve texto muy interesante de Freddy Quezada -un investigador nicaragüense- en que realizaba una comparación entre Buda y el Marqués de Sade. Básicamente, afirmaba que son los dos pensadores que más se han ocupado del deseo a lo largo de la historia. Uno para conseguir trascenderlo, aminorando sus constantes vaivenes y ritmos endiablados y el otro extremando sus imperativos, consiguiendo llevar al límite sus frenéticas peticiones y anhelos. Complaciendo cualquiera de los caprichos de este caballo desbocado. Señala Quezada: "Sade desde dentro se arrodilla ante el deseo y Buda desde afuera lo extingue. Uno lo reconoce para adorarlo hasta el fin, el otro para ignorarlo desde el origen. Misma premisa de despegue para distintas consecuencias, que al fin y al cabo se reúnen en nuestros días (el arco paradójico se cierra en un círculo) de un modo extraño, con la publicidad y la búsqueda de espiritualidades alternativas. ¿Por ventura, y para volverse locos, ambos no son ya lo mismo? ¿O hay un punto medio como aconseja el Guatama?"
Hasta hoy no me había dado cuenta de este paralelo entre dos de los pensadores que -por motivos muy distintos- más admiro pero desde luego que existe. Ahora mismo trabajo en el último libro de la trilogía del horror, Los puercos. Un texto en esencia, sí, sadiano. Donde aparecen un sin fin de situaciones perversas y todo, absolutamente todo se encuentra permitido para algunos de sus personajes. Además de para mí, que me tomo licencias sin cesar sobre los más ilustres filósofos descritos como tiranos, hombres desalmados y crueles. Emisores del mal. Algo que por supuesto no me atrevería a afirmar en la vida cotidiana pero que tiene su sentido absoluto dentro de las páginas de la novela. Y ayuda a comprender ese infernal lienzo del Bosco en que intento convertir el texto, como reflejo del Occidente actual. 
Sin embargo, y a pesar de que aún no se han publicado ninguno de los otros volúmenes de esta trilogía, mi voluntad es en el futuro -cinco años a lo sumo- ocuparme en escribir desde otro punto de vista más próximo al amor. O a la mentalidad budista que al fin y al cabo, como tan lúcidamente expresa Quezada, es (o debería ser) el complemento de la actual que estoy acometiendo. Porque si bien tengo claro que Occidente es un enorme jardín decadente, las fuerzas del odio y el horror me han utilizado como instrumento para componer varios gritos de furia, tampoco soy Thomas Bernhard. A pesar del nihilismo y negro onirismo que preña actualmente mis libros, guardo en mi corazón ciertas dosis de inocencia y confianza en el ser humano que, independientemente de los lógicos desencantos de la vida, todavía no se han ido. Y de hecho, quisiera que persistieran hasta el día de mi muerte. 
En fin, expreso este discurso porque precisamente hoy tras leer una reseña elogiosa sobre Brujadonde el lector destacaba el miedo que había sentido al recibir el libro, pensaba en ese futuro cambio de tono que desearía que mi escritura tomara, y no podía imaginar ni yo mismo cómo podría pasar de describir la monstruosa realidad cotidiana a profundizar en los territorios  del desapego y el amor. Y como por arte de magia, esta lúcida comparación entre Buda y Sade ha venido en mi ayuda. Aunque no me gustaría mentir. Sinceramente, cuando esta tarde imaginaba futuros personajes amorosos, concebía mujeres muy similares a las retratadas por Lars Von Trier en su Nymphomaniac: una señorita que se entrega a todos los hombres y al resto de féminas que se cruzan en su camino debido a su elevada y noble idea universal y absoluta de amor. A día de hoy, finalizando una durísima y cruel trilogía del horror, esa es la única imagen del amor, de hecho, que podría concebir artísticamente: mujeres accediendo a besar a todas las personas que tienen delante y hombres conteniéndose hasta el extremo para aniquilar el deseo masculino en nombre de una trascendencia mayor. Penes cortados y vaginas sin cesar de lubricar, en definitiva. Acaso el exacto punto medio entre el frenesí sadiano y la quietud budista. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Si quieres comer pan no permanezcas sentado sobre el horno


miércoles, 3 de agosto de 2016

Rabia y trueno

Avería es en cierto modo una biografía. Una cuaderno de ruta. Una esquizofrénica, deliciosa y delirante aventura con la que intento ofrecer mi visión sobre cientos de artistas que me han hecho feliz. Están consiguiendo que merezca la pena vivir y no agarre la pistola que tengo guardada en la mesilla de noche, bajo las espadas, dagas y cabezas de alce cortadas, por si algún día me es imposible soportar la existencia. O la estupidez y el odio se acaban imponiendo al amor. Y decido dejar como testamento la desesperación. Proseguir la senda de la mayoría de condes y duques. Algo que -deseo aclarar- no creo que suceda jamás aunque nunca se sabe. ¿Quién puede estar seguro de algo en esta vida? Desde que los jardineros comenzaron a aparecer por los prados cercanos, al menos yo no puedo estarlo de nada. Absolutamente nada. En fin. Hasta ahora apenas me he referido a conciertos que significaron un antes o un después en mi caminar por las inmensas colinas. O que, de algún modo, me marcaron al otear los horizontes llenos de barcos enemigos preparados para invadir mi castillo. No son muchos. Sonatas de Johan Sebastian Bach interpretadas en iglesias protestantes. Óperas bufas llevadas a cabo en teatros antiguos. Pero se encuentran grabados en medio de mis intestinos y -parafraseando a Fernando Alfaro- continúan realizando su trabajo de demolición. Destripando mi cerebro con sus imágenes. Ecos aturdidos de guitarras apareciendo de tanto en tanto en solitarias tardes, como si se hubieran celebrado ayer mismo. A veces, eso sí, no tanto por la música como por las circunstancias que los rodearon. 
Este es el caso por ejemplo del realizado por Motorhead en la sala Hangar de Buenos Aires el 8 de mayo de 2004. Un auténtico tsunami. Una experiencia parecida a encontrarse en medio de un torbellino o un vendaval y haber perdido por momentos el sentido de la orientación y hasta la conciencia.  No sólo por la potencia descomunal con la que la banda británica interpretaba clásico tras clásico sino por las circunstancias concretas de aquella noche destructiva. Puesto que debido al escaso espacio disponible en la sala y la sobreventa de entradas, allí reinaba la incomodidad. De hecho, aunque Motorhead exprimían o más bien ordeñaban sus instrumentos, haciéndonos vibrar como si estuviéramos viajando en el compartimento más próximo al motor de un tren o realizando motocross entre el barro, se percibía que los músicos no estaban cómodos. A todos nos faltaba el aliento. Y para agravar la situación, mientras sonaba la mítica "Over the top" entre acordes inmisericordes retumbando en las paredes y machacando el pecho y corazón, tres o cuatro fanáticos locos comenzaron a encender bengalas y lanzarlas al escenario, provocando un sentimiento de asfixia de tal grado que Lemmy Kilmister y sus huestes se vieron obligados a detener el concierto. En medio de aquel maremoto, recuerdo hallarme con los ojos nublados rodeado de un enjambre de cuerpos que parecían hundirse en el océano entre cientos de otros cuerpos luchando por agarrarse a las astillas de un barco en llamas.Y aunque Motorhead volvieron a aparecer en el escenario, consiguiendo que cientos de cabezas y puños comenzaran a elevarse por los aires, una nueva bengala impactando cerca de los infernales altavoces, provocó que un visiblemente extenuado Lemmy Kilmister decidiera dar por terminada la intensa experiencia cuando no había transcurrido una hora. 
Lo que ocurrió después, lo recuerdo vagamente. Como todo lo que ha sucedido en mi mansión desde que se ha llenado de míseros poetas y jardineros infames.  En cuanto el público se apercibió de que Lemmy Kilmister no iba a volver a aparecer, hordas de salvajes se lanzaron como locos al escenario. Los gritos y la insatisfacción fueron extendiéndose progresivamente y el peligro podía mascarse entre flecos de humo y cánticos de amor y también de desprecio hacia  Motorhead.  Allí apenas había espacio para desplazarse pero como pude -dado que la mayor parte de personas se negaban a partir y levantaban sus voces airadas- fui adelantando posiciones hasta llegar a la salida donde al fin pude respirar. Tranquilizarme. Y desde un bar medio cerrado, tomar una cerveza mientras contemplaba una batalla campal entre grupos de jóvenes que no se sabía bien por qué ni para qué luchaban. Parecían correr y golpearse al ritmo de "Ace of Spades". Y en cierto modo, desahogarse con sus insultos, patadas y puñetazos de la frustrante experiencia catártica. Componer con sus gestos un paisaje violento similar al que Motorhead trazaban en canciones que no por casualidad siempre he considerado himnos de guerra. Metralla. Misiles. O más bien, su sustituto. Porque sin Motorhead u hordas de piratas parecidos a ellos, de seguro que el mundo sería un lugar mucho más violento y airado. Habría mucha más rabia incontrolable por canalizar y más tormentas destrozando las ciudades y las noches. Cientos de miles de vidrios de botellas cervezas cayendo sin ton ni son a calles derruidas por las miserias del capitalismo y las habituales mezquindades de esos jardineros que no cesan de reírse de mí. Y basta que me aposente sobre mi trono, para que comiencen a carcajearse como hienas, señalando una y otra vez mi frágil cuello con sus afiladas cuchillas. Shalam

أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

Valiente es el ladrón que lleva una lámpara en la mano